miércoles, 7 de septiembre de 2016


“PASAJE DE IDA”                 

                    A las seis de la tarde el Pasaje estaba desierto. Lo recorrí en todo su trayecto y no me crucé con ninguna persona. Tuve la sensación de que nadie habitaba las casas allí construidas. Demasiado silencio. Demasiada soledad.

                    Después comprobaría que durante todas las horas del día esa calle angosta, adoquinada, de veredas desparejas, permanecía totalmente vacía. No había chicos, ni triciclos, ni pelotas. No había coches ni vendedores ambulantes. No había señoras con bolsas del mercado ni señores con portafolios. No había nada. Solamente las viviendas -todas bajas menos una- casi iguales entre sí, levantadas desde el frente del terreno, sin jardines, con ventanas estrechas y altas, sin rejas, No había árboles ni plantas. Nada verde, salvo las ventanas y la puerta de la única casa blanca y diferente, la de dos pisos, el resto color piedra, sin pintar.

                    Hacía dos semanas que me había mudado al edificio ubicado justo enfrente del  Pasaje, cruzando la Avenida. Desde entonces lo atravesaba todos los días, a la mañana y a la tarde. Me intrigaba y a la vez me fascinaba caminar por allí; era sorprendente llegar a la esquina y enfrentarse de golpe con todo el ruido y movimiento de una avenida normal. El Pasaje era otro mundo.

                    Desde el balcón de mi departamento dominaba todo su recorrido, por esa razón pude comprobar que nunca era transitado por nadie.

                    La curiosidad me fue invadiendo, hasta que se transformó en obsesión. No podía concentrarme en mi trabajo, tan ocupada mi cabeza en elaborar historias fantásticas relacionadas con el enigmático Pasaje. Imaginar, por ejemplo, que estaba habitado por miembros de alguna secta diabólica que durante la noche, mediante maléficos ritos, convocaban a Satanás ; o tal vez por vampiros que realizaban sangrientas orgías ocultándose de la luz del sol ; o, ¿por qué no ?, por extraterrestres  despiadados que planeaban una pronta invasión  a nuestro planeta. Esas y otras absurdas ideas rondaban mi pensamiento hasta que,  para recuperar mi equilibrio, decidí vigilar toda una noche.

                    Aproveché la víspera de un día feriado. Cerca de la medianoche me instalé en el balcón con un termo lleno de café, una botella de whisky y un atado de cigarrillos (había dejado de fumar pero se me ocurrió que, en algún momento, podría necesitarlos). Era una hermosa noche de principios de otoño y no hacía frío.

                    A las tres de la madrugada me vencían el sueño y el aburrimiento. No pasaba absolutamente nada. Para no dormirme decidí ponerme en movimiento. Era obvio que lo más acertado sería observar sobre el terreno. Tal vez pudiese escuchar o ver algo  revelador. Entonces bajé.

                    Al llegar al Pasaje -después de cruzar una avenida totalmente desierta- debo reconocer que comencé a sentir un poco de miedo. Curiosamente allí sí hacía frio. Me acerqué a la casa más próxima a la esquina, arrimé el oído a la ventana y, nada, silencio total. En las dos casas siguientes lo mismo. A la cuarta casa ya no tuve valor para llegar, volví sobre mis pasos y regresé apresurada a mi departamento.

                    Traté de convencerme de que todo era muy normal, y que esas viviendas estaban deshabitadas vaya a saber por qué absurda disposición municipal. Pero no lo logré. Las veredas y los bronces de las puertas  y ventanas estaban muy limpios y brillantes, señal de que alguien se ocupaba de ellos.

                    Existía la posibilidad -es más, yo tenía la certeza de que así ocurriría- de aclarar la incógnita preguntando a mis vecinos o al encargado del edificio, los que, seguramente, tenían una clara explicación para proporcionarme, pero, ¡ay! no me gusta preguntar, prefiero alimentar mis fantasías y descubrir por mi cuenta los misterios que ellas generan, por eso continué yo sola con mi investigación.

                    Después de varios días de estéril observación, en un rapto de audacia que confieso: me sorprendió, me paré enfrente de una de las casas y golpeé a su puerta. Nadie contestó. Crucé la calle y repetí el llamado en otra casa, el resultado fue el mismo. En once de las doce casas intenté que me atendieran pero era evidente que quienes allí vivían, si es que vivían, no tenían intención de responder. Comencé a sentirme mal.

                    Durante mis frustrados intentos observé un detalle que aumentó mi inquietud: No había timbres ni llamadores, hecho que me obligó a golpear las puertas con mis puños. Me faltaba todavía la casa blanca, la de dos pisos con puerta y ventanas verdes. Me acerqué y -¡oh sorpresa!- allí sí había un llamador. Una mano de bronce,  pequeña, con la palma hacia arriba y los dedos finos levemente arqueados, un gesto delicado que invitaba a tomarla. Acerqué mi mano y apenas al rozarla eché bruscamente mi brazo hacia atrás y movida por un impulso irracional regresé corriendo a mi Departamento. Cerré las ventanas y encendí la estufa, igual no lograba dejar de temblar.

                    Reconocí entonces que mis investigaciones no me estaban llevando a ninguna parte, por el contrario, todo se tornaba cada vez más confuso. Decidí pedir información. Como soy de naturaleza complicada elegí una fuente no tan convencional como el Portero o mis vecinos: Me fui a la Municipalidad.

                    Allí anduve de escritorio en escritorio hasta que dí con la persona que -supuestamente- estaba en condiciones de informarme. Se trataba de un señor gordito, muy simpático que tenía que ver con impuestos o algo así. Había ido resuelta a no dar muchas explicaciones por lo tanto fui directamente al punto:

-Estoy interesada en saber si los inmuebles del Pasaje “21 de Julio” son de propiedad privada o si fueron recientemente expropiados por algún ente oficial.

                    El hombre muy sonriente y dotado de una seguridad en sí mismo que me conmovió, dijo:

-El Pasaje “21 de Julio” no existe.

                    Tratando de imitar su seguridad (la simpatía ya era demasiado) insistí:

-Existe señor, yo vivo enfrente.

    Manteniendo el gordito su simpática actitud -que comenzaba a molestarme- señaló un plano enorme de la ciudad de Buenos Aires pinchado a una de las paredes y alevosamente seguro de sí mismo dijo:

-Muéstremelo.

    Ubiqué -con mucho trabajo- la avenida y las entrecalles, el Pasaje no figuraba.


-¡Este plano está mal!

-Doy fe de la exactitud y bonanza de este plano señorita- dijo el gordito sin dejar de sonreír mientras yo me distraje por un momento recordando la serie de TV  y pensando en lo absurdo de esa calificación para un plano. Volví al punto indignada:

-¡Señor! yo no estoy loca, conozco muy bien ese Pasaje.

-Y yo conozco muy bien esta ciudad Señorita, Ud. está confundida.

    La simpatía del gordito, su petrificada sonrisa y esa descarada seguridad en sí mismo empezaban a descomponerme; sin dar las gracias -¡faltaba más!- y prometiéndome volver con pruebas contundentes salí de allí.

    Camino de vuelta a mi casa pasé, como era habitual, por el Pasaje. La seguridad del gordito había hecho mella en la mía y temí que, en efecto, no existiera. Pero sí existía. Y ahí estaba, testimonio inobjetable de mi cordura, y como para corroborarlo una chapa azul en la esquina que decía: “21 de Julio”.

    Ya en mi departamento elaboré el siguiente plan: Ir a la Seccional de Policía más próxima y pedir allí que me extendieran un certificado de domicilio, donde constara que mi calle lindaba con el Pasaje.

            El oficial de turno escuchó mi solicitud con atención. Me pidió después una minuciosa descripción de los hechos que daban origen a esa solicitud. Así lo hice, sin escatimar detalles, alentada además por la expresión de asombro del Policía y su evidente interés en mi relato. Cuando terminé de hablar, me dijo:

-Lo siento señorita, pero no entiendo.

    Sugirió entonces que fuésemos hasta el Pasaje. Caminábamos hacia el lugar y de pronto comencé a sentirme mal. “Idiota, ¿justo ahora te vas a descomponer?”. Hice denodados esfuerzos para seguir adelante en tanto una inquietante sensación me iba invadiendo, impidiéndome respirar normalmente. Llegamos por fin. El Pasaje no estaba, y, por supuesto, me desmayé.

    II

    Todavía provoca en mí cierta turbación recordar aquel momento, sin duda, bochornoso. Fue muy desagradable desmayarme en la calle, a la luz de tanta actividad. Recobré el sentido sentada -no sé dónde- con la cabeza entre las rodillas, con un vaso de agua pegado a mi cara y alguien pretendiendo que, en esa posición, me lo tomara. Me levanté, no contesté preguntas, sólo dije:

-Gracias, quiero ir a mi casa.

    El Policía me acompañó. Como él no pidió explicaciones yo no las di; me preguntó si necesitaba algo, le dije “no gracias”, y se fue.

    Cerré la puerta. Con una seguridad y aplomo que estaban más allá de mi voluntad me dirigí hacia el balcón, abrí la ventana, salí y comprobé: El Pasaje, claro, estaba allí.

III

    Continúo,  como siempre atravesándolo. Cuando voy y cuando vuelvo de mi trabajo. Ya no provoca en mí curiosidad ni temor, lo he incorporado a mi vida como parte de una rutina elemental. Me gusta pisar los adoquines y percibir sus formas irregulares bajo mis pies, esa sensación levemente dolorosa que me causan es la confirmación cotidiana de que el Pasaje existe, que, efectivamente, está allí, que es parte de mi realidad. Su situación no se ha modificado. Coexisten el silencio y la soledad. Como si fuese una fotografía de sí mismo, todo se mantiene igual.

    La casa blanca todavía me inquieta. Al recorrer el trayecto que ocupa su frente reaparece una y otra vez aquel temor primero que me impulsó a escapar. Sin embargo, he aprendido a controlarme. Me animo a caminar lentamente ese tramo -sin detenerme claro- mirando fijamente, casi desafiante, la aldaba de bronce, esa mano pequeña que me invita a tomarla para golpear la puerta, acto inevitable que algún día deberé consumar. Por encima de mi miedo habré de tomar, finalmente, la decisión. La mano dejará en mi mano la constancia punzante de su frialdad. Esta vez alguien -sin duda- atenderá a mi llamado. La puerta verde se abrirá, cruzaré el umbral  y entraré a la casa. Y la puerta entonces habrá de cerrarse detrás de mí con un golpe cuyo sonido retumbante coincidirá con un puntual e irrepetible latido de mi corazón.

FIN
   1984  

               


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