“PASAJE DE IDA”
A
las seis de la tarde el Pasaje estaba desierto. Lo recorrí en todo su trayecto
y no me crucé con ninguna persona. Tuve la sensación de que nadie habitaba las
casas allí construidas. Demasiado silencio. Demasiada soledad.
Después
comprobaría que durante todas las horas del día esa calle angosta, adoquinada,
de veredas desparejas, permanecía totalmente vacía. No había chicos, ni
triciclos, ni pelotas. No había coches ni vendedores ambulantes. No había
señoras con bolsas del mercado ni señores con portafolios. No había nada.
Solamente las viviendas -todas bajas menos una- casi iguales entre sí,
levantadas desde el frente del terreno, sin jardines, con ventanas estrechas y
altas, sin rejas, No había árboles ni plantas. Nada verde, salvo las ventanas y
la puerta de la única casa blanca y diferente, la de dos pisos, el resto color
piedra, sin pintar.
Hacía
dos semanas que me había mudado al edificio ubicado justo enfrente del Pasaje, cruzando la Avenida. Desde entonces
lo atravesaba todos los días, a la mañana y a la tarde. Me intrigaba y a la vez
me fascinaba caminar por allí; era sorprendente llegar a la esquina y
enfrentarse de golpe con todo el ruido y movimiento de una avenida normal. El
Pasaje era otro mundo.
Desde
el balcón de mi departamento dominaba todo su recorrido, por esa razón pude
comprobar que nunca era transitado por nadie.
La
curiosidad me fue invadiendo, hasta que se transformó en obsesión. No podía
concentrarme en mi trabajo, tan ocupada mi cabeza en elaborar historias
fantásticas relacionadas con el enigmático Pasaje. Imaginar, por ejemplo, que
estaba habitado por miembros de alguna secta diabólica que durante la noche,
mediante maléficos ritos, convocaban a Satanás ; o tal vez por vampiros
que realizaban sangrientas orgías ocultándose de la luz del sol ; o, ¿por
qué no ?, por extraterrestres
despiadados que planeaban una pronta invasión a nuestro planeta. Esas y otras absurdas ideas
rondaban mi pensamiento hasta que, para recuperar
mi equilibrio, decidí vigilar toda una noche.
Aproveché
la víspera de un día feriado. Cerca de la medianoche me instalé en el balcón
con un termo lleno de café, una botella de whisky y un atado de cigarrillos
(había dejado de fumar pero se me ocurrió que, en algún momento, podría
necesitarlos). Era una hermosa noche de principios de otoño y no hacía frío.
A
las tres de la madrugada me vencían el sueño y el aburrimiento. No pasaba
absolutamente nada. Para no dormirme decidí ponerme en movimiento. Era
obvio que lo más acertado sería observar sobre el terreno. Tal vez pudiese
escuchar o ver algo revelador. Entonces
bajé.
Al
llegar al Pasaje -después de cruzar una avenida totalmente desierta- debo
reconocer que comencé a sentir un poco de miedo. Curiosamente allí sí hacía
frio. Me acerqué a la casa más próxima a la esquina, arrimé el oído a la
ventana y, nada, silencio total. En las dos casas siguientes lo mismo. A la
cuarta casa ya no tuve valor para llegar, volví sobre mis pasos y regresé apresurada
a mi departamento.
Traté
de convencerme de que todo era muy normal, y que esas viviendas estaban
deshabitadas vaya a saber por qué absurda disposición municipal. Pero no lo
logré. Las veredas y los bronces de las puertas
y ventanas estaban muy limpios y brillantes, señal de que alguien se
ocupaba de ellos.
Existía
la posibilidad -es más, yo tenía la certeza de que así ocurriría- de aclarar la
incógnita preguntando a mis vecinos o al encargado del edificio, los que,
seguramente, tenían una clara explicación para proporcionarme, pero, ¡ay! no me
gusta preguntar, prefiero alimentar mis fantasías y descubrir por mi cuenta los
misterios que ellas generan, por eso continué yo sola con mi investigación.
Después
de varios días de estéril observación, en un rapto de audacia que confieso: me
sorprendió, me paré enfrente de una de las casas y golpeé a su puerta. Nadie
contestó. Crucé la calle y repetí el llamado en otra casa, el resultado fue el
mismo. En once de las doce casas intenté que me atendieran pero era evidente
que quienes allí vivían, si es que vivían, no tenían intención de responder.
Comencé a sentirme mal.
Durante
mis frustrados intentos observé un detalle que aumentó mi inquietud: No había
timbres ni llamadores, hecho que me obligó a golpear las puertas con mis puños.
Me faltaba todavía la casa blanca, la de dos pisos con puerta y ventanas
verdes. Me acerqué y -¡oh sorpresa!- allí sí había un llamador. Una mano de
bronce, pequeña, con la palma hacia
arriba y los dedos finos levemente arqueados, un gesto delicado que invitaba a
tomarla. Acerqué mi mano y apenas al rozarla eché bruscamente mi brazo hacia
atrás y movida por un impulso irracional regresé corriendo a mi Departamento.
Cerré las ventanas y encendí la estufa, igual no lograba dejar de temblar.
Reconocí
entonces que mis investigaciones no me estaban llevando a ninguna parte, por el
contrario, todo se tornaba cada vez más confuso. Decidí pedir información. Como
soy de naturaleza complicada elegí una fuente no tan convencional como el
Portero o mis vecinos: Me fui a la Municipalidad.
Allí
anduve de escritorio en escritorio hasta que dí con la persona que
-supuestamente- estaba en condiciones de informarme. Se trataba de un señor
gordito, muy simpático que tenía que ver con impuestos o algo así. Había ido
resuelta a no dar muchas explicaciones por lo tanto fui directamente al punto:
-Estoy interesada en saber si los
inmuebles del Pasaje “21 de Julio” son de propiedad privada o si fueron
recientemente expropiados por algún ente oficial.
El
hombre muy sonriente y dotado de una seguridad en sí mismo que me conmovió, dijo:
-El Pasaje “21 de Julio” no existe.
Tratando
de imitar su seguridad (la simpatía ya era demasiado) insistí:
-Existe señor, yo vivo enfrente.
Manteniendo el gordito su simpática actitud
-que comenzaba a molestarme- señaló un plano enorme de la ciudad de Buenos
Aires pinchado a una de las paredes y alevosamente seguro de sí mismo dijo:
-Muéstremelo.
Ubiqué -con mucho trabajo- la avenida y las
entrecalles, el Pasaje no figuraba.
-¡Este plano
está mal!
-Doy fe de
la exactitud y bonanza de este plano señorita- dijo el gordito sin dejar de sonreír
mientras yo me distraje por un momento recordando la serie de TV y pensando en lo absurdo de esa calificación
para un plano. Volví al punto indignada:
-¡Señor!
yo no estoy loca, conozco muy bien ese Pasaje.
-Y yo
conozco muy bien esta ciudad Señorita, Ud. está confundida.
La simpatía del gordito, su petrificada
sonrisa y esa descarada seguridad en sí mismo empezaban a descomponerme; sin
dar las gracias -¡faltaba más!- y prometiéndome volver con pruebas contundentes
salí de allí.
Camino de vuelta a mi casa pasé, como era
habitual, por el Pasaje. La seguridad del gordito había hecho mella en la mía y
temí que, en efecto, no existiera. Pero sí existía. Y ahí estaba, testimonio
inobjetable de mi cordura, y como para corroborarlo una chapa azul en la
esquina que decía: “21 de Julio”.
Ya en mi departamento elaboré el siguiente plan:
Ir a la Seccional de Policía más próxima y pedir allí que me extendieran un
certificado de domicilio, donde constara que mi calle lindaba con el Pasaje.
El oficial de turno escuchó mi
solicitud con atención. Me pidió después una minuciosa descripción de los
hechos que daban origen a esa solicitud. Así lo hice, sin escatimar detalles,
alentada además por la expresión de asombro del Policía y su evidente interés
en mi relato. Cuando terminé de hablar, me dijo:
-Lo siento
señorita, pero no entiendo.
Sugirió entonces que fuésemos hasta el
Pasaje. Caminábamos hacia el lugar y de pronto comencé a sentirme mal. “Idiota,
¿justo ahora te vas a descomponer?”. Hice denodados esfuerzos para seguir
adelante en tanto una inquietante sensación me iba invadiendo, impidiéndome
respirar normalmente. Llegamos por fin. El Pasaje no estaba, y, por supuesto,
me desmayé.
II
Todavía
provoca en mí cierta turbación recordar aquel momento, sin duda, bochornoso.
Fue muy desagradable desmayarme en la calle, a la luz de tanta actividad.
Recobré el sentido sentada -no sé dónde- con la cabeza entre las rodillas, con
un vaso de agua pegado a mi cara y alguien pretendiendo que, en esa posición,
me lo tomara. Me levanté, no contesté preguntas, sólo dije:
-Gracias, quiero ir a mi casa.
El
Policía me acompañó. Como él no pidió explicaciones yo no las di; me preguntó
si necesitaba algo, le dije “no gracias”, y se fue.
Cerré
la puerta. Con una seguridad y aplomo que estaban más allá de mi voluntad me
dirigí hacia el balcón, abrí la ventana, salí y comprobé: El Pasaje, claro,
estaba allí.
III
Continúo, como siempre atravesándolo. Cuando voy y
cuando vuelvo de mi trabajo. Ya no provoca en mí curiosidad ni temor, lo he
incorporado a mi vida como parte de una rutina elemental. Me gusta pisar los
adoquines y percibir sus formas irregulares bajo mis pies, esa sensación
levemente dolorosa que me causan es la confirmación cotidiana de que el Pasaje
existe, que, efectivamente, está allí, que es parte de mi realidad. Su
situación no se ha modificado. Coexisten el silencio y la soledad. Como si
fuese una fotografía de sí mismo, todo se mantiene igual.
La
casa blanca todavía me inquieta. Al recorrer el trayecto que ocupa su frente
reaparece una y otra vez aquel temor primero que me impulsó a escapar. Sin
embargo, he aprendido a controlarme. Me animo a caminar lentamente ese tramo
-sin detenerme claro- mirando fijamente, casi desafiante, la aldaba de bronce,
esa mano pequeña que me invita a tomarla para golpear la puerta, acto
inevitable que algún día deberé consumar. Por encima de mi miedo habré de
tomar, finalmente, la decisión. La mano dejará en mi mano la constancia
punzante de su frialdad. Esta vez alguien -sin duda- atenderá a mi llamado. La
puerta verde se abrirá, cruzaré el umbral
y entraré a la casa. Y la puerta entonces habrá de cerrarse detrás de mí
con un golpe cuyo sonido retumbante coincidirá con un puntual e irrepetible
latido de mi corazón.
FIN
1984
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