domingo, 11 de septiembre de 2016

“CUARTO GRADO”               

                    Yo adoraba a mi maestra de tercero. Elba Cejas Montaño se llamaba y vivía en La Plata. Como tenía que tomar todos los días el tren para venir a Quilmes a mi me parecía que era mucho más importante que las otras maestras que no viajaban. La señorita Elba era muy dulce, muy suave y cariñosa con todos -hasta con Tissera que era un poco bruto-. Explicaba las cosas tan bien que tercero -el grado más difícil junto con quinto- se nos hizo muy fácil. Sé que me quería mucho. Hasta se llevó una poesía que yo había escrito para que la leyera su hermana -que era Profesora de Literatura en La Plata-  y después me dijo que le había gustado mucho y que me felicitaba y todo. Siempre me ponía notas en el cuaderno y en el boletín porque “es muy prolija, excelente alumna, muy bien 10, la felicito”

                    Yo soñaba con ser grande y poder ser su amiga y que algún día me invitara a tomar el té a su casa que, como era en La Plata, me la imaginaba muy grande y antigua.

                    Cuando terminó el año  mis compañeros y yo lloramos mucho porque nos teníamos que separar de la Señorita Elba. Ella también lloró y nos abrazó y besó a todos, a Tissera también. Estaba triste porque no iba a trabajar más en nuestra Escuela y entonces no nos volveríamos a ver.

                    A nosotros nos esperaban tiempos difíciles. Sabíamos que la maestra de cuarto - la Señora Durrié- era muy severa y exigente y que, además, tenía muy mal carácter pero, como cuarto era fácil, no nos preocupábamos demasiado.

                    Al año siguiente ya desde el primer día comenzaron las dificultades. La maestra nos dio “Problemas” muy difíciles   para resolver en pocos minutos ; nadie los resolvió y nos ganamos un gran reto y un “uno” toda la clase. Otro día hubo “Dictado”, siempre fui buena en eso y me imaginé que, por fin, lograría la aprobación de la maestra pero, dictaba tan rápido que me equivoqué en una palabra y no tuve tiempo de corregirla, entonces la taché y seguí escribiendo, eso me pasó varias veces. Cuando le llevé el cuaderno me dijo que era una vergüenza y me lo tiró al piso. Tuve suerte porque a otros chicos se los tiró por la cabeza. Nuevamente reto general y otro “uno”.

                    Así pasaban los días y nosotros cada vez más atemorizados y confundidos, tanto que no podíamos concentrarnos y nos equivocábamos  hasta en las cosas más fáciles. Una tarde la maestra hizo venir al salón a la Directora y le dijo que éramos todos muy malos alumnos, que la clase era un desastre. Dijo también que parte de la culpa era de la maestra de tercero porque había sido muy “blanda” con nosotros, pero ella era diferente y que quería comunicarle que ese mes estábamos todos aplazados. Salió del salón para que la Directora nos retara tranquila.

                    Sin embargo, no nos retó. Al contrario, se puso a hablarnos como si fuésemos personas mayores y nos explicó que la señora Durrié tenía un problema muy grave, que le tuviéramos paciencia, que pronto se arreglaría todo. Nos contó que el año anterior había muerto su hijo y por eso estaba tan mal. Nos pidió que comprendiéramos que ese era un dolor terrible y que fuéramos buenos con ella. Yo no sabía muy bien cómo podíamos ser más buenos, ya que del miedo que le teníamos casi ni respirábamos en clase. En el recreo hablamos de eso con mis compañeros y decidimos que teníamos que seguir igual y esperar que pronto se le pasara el dolor.

                    Durante un tiempo se calmó y todos empezamos a andar mejor y hasta pudimos subir las notas de 4 a 6 y al mes siguiente algunos llegamos a 7. Un día apareció con la cara muy seria, enojada como al principio; todos nos miramos imaginando lo que se nos venía encima. Nos dio los “benditos” problemas para resolver en minutos. Un chico los terminó y se los llevó corriendo al escritorio: estaban mal, le tiró con furia el cuaderno al suelo. Nos aterrorizamos, si le tiraba el cuaderno a Pavesi que era el mejor alumno y su preferido (alguien nos dijo que era porque se parecía bastante a su hijo) que nos esperaba a los demás. Terminó la hora, la maestra se fue y esa tarde no volvió. Al día siguiente tampoco, ni al otro. Al tercero nos repartieron por los otros grados.

                    Una tarde, después de varios días de ausencia de nuestra maestra, me fueron a buscar al salón de primer grado y me llevaron al de segundo. La Señorita Basso -que había sido mi maestra y a quien yo quería mucho y también admiraba porque vivía en La Plata- me dio una hoja y me dijo que era un discurso que yo tenía que leer en el acto de despedida que le iban a hacer a nuestra maestra de cuarto que dejaba la Escuela. Me lo hicieron leer dos veces y sin darme tiempo  ni siquiera para salir de mi asombro me llevaron a la Dirección, me dieron un ramo de rosas blancas y me plantaron enfrente de la Señora Durrié que estaba sentada allí, en un sillón tapizado de amarillo.

                    Empecé leyendo lo más bien, pero en el quinto renglón me vinieron ganas de llorar y en el séptimo ya no pude aguantar más y me largué a llorar con ganas. La maestra agarró el ramo de rosas, cortó una y me la dio  y me abrazó diciendo que todo estaba bien  y se guardó el papel con el discurso.

                    Cuando salí de la Dirección todos los grados estaban formados en el Patio para despedirla. Me acerqué al mío y mis compañeros me dijeron: “Sonsa porqué llorás, mejor que se va”. Pero yo no lloraba por eso.  Lloraba porque la Señora Durrié tenía una cara tan tan triste cuando me plantaron delante de ella con las rosas y el papel, que me dio lástima, nunca en mi vida había visto una cara así.

                    A la semana siguiente nos llevaron al aula que habíamos tenido en tercero. Vino la Directora y nos dijo que ya teníamos Maestra y que era una sorpresa. Cuando la vi entrar creí que soñaba. Todos nos quedamos paralizados y todos reaccionamos al mismo tiempo y corrimos a abrazarla. Era la Señorita Elba Cejas Montaño.

                    Fueron muy buenas las autoridades de la Escuela 17, la Señorita Elba era un premio que, mis compañeros y yo, nos merecíamos de verdad.

1951


Fin
                                                                                                            



miércoles, 7 de septiembre de 2016


PEQUEÑA (O ENORME) FRUSTRACIÓN 
Hace ya tiempo grabé en un CD los textos de un conjunto de cuentos que a lo largo de varios años escribí y al que titulé "Fantasmas de la Memoria".
Publiqué en la contratapa de la caja el texto que abajo reproduzco.  Obsequié a varias personas que me importan y que quiero una copia de ese CD.
 Ni una sola de esas personas me hizo comentario alguno acerca de mis cuentos. La pregunta es: ¿Son tan horribles que no merecen opinión? Sinceramente yo no creo que sea así, por eso, quedaré con la duda del por qué del silencio colectivo el resto de mi vida pero, aprendí algo, nunca comprometer a tus seres queridos a emitir opinión acerca de tus obras, es colocarlos en situación embarazosa.
Texto de la contratapa del CD "Fantasmas de la Memoria"
"El sueño de quienes aprecian la literatura es escribir y dentro de ese sueño el más deseado es, obviamente, publicar. Aquellos que tienen talento publican, los que tienen sólo audacia lo intentan y a veces lo logran, y los que no tienen ni talento ni audacia, graban CDs. 
Escribir fue para mí, desde muy pequeña, un vehìculo para acercarme a lo que soy y sobre todo a saber quién soy. Escribí cuentos, poesía y Diarios, todo ese esfuerzo de varios años un día lo destruí, porque, no tendré talento, pero soy inteligente tanto como para darme cuenta de que aquello tenía que ver con períodos de mi vida de los que no quería dejar testimonio. Sin embargo, había recuerdos rescatables y tiempo después traté de recuperarlos de mi memoria y volví a escribirlos.  Es así que aparecen varios relatos en este CD que son reflejo fiel de momentos de mi vida. Otros no lo son, cuentan simplemente visiones de mi imaginación. ¿Cuáles son reales y cuáles “puro cuento”?... eso es secreto y lo llevaré a mi tumba. 
Este CD que preparé con mis relatos no pretende (porque conozco mis limitaciones) ser una “pieza literaria”. El objetivo es simplemente compartir con personas que quiero un fragmento de mi vida. Fragmento que tiene que ver con aquellos momentos de mi niñez que dejaron una marca en mí y con otros momentos en los  que me dejé llevar por mi imaginación y que también me marcaron, porque fue en ellos -y gracias a ellos-  que me descubrí y reconocí.
Creo que leer esto puede ser entretenido y en alguna instancia también divertido.
No espero nada más que eso y no se me ocurre pretencioso ilusionarme con que así será.
Alicia Ronconi, Enero 2008."
          Ahora lo publico todo en este blog. Pero no voy a pedir a nadie que lo lea.
         
LOS FANTASMAS DE LA MEMORIA”     período “Infancia” - estos primeros relatos están escritos en un (pretendido) estilo “naif”

“PERDIDAS IRREPARABLES”   

                    En la esquina de mi casa vivía Adelma. Mamá no quería que me juntara con ella, porque tenía piojos. Eso decía mi Mamá. Yo le miraba la cabeza y no los podía ver (imaginaba que eran como hormiguitas blancas con alas) me arrimaba bien hasta pegar con la nariz en el pelo, pero no los veía.  Entonces pensaba que los piojos de Adelma eran un invento de mamá.
                    A la hora de la siesta yo me escapaba para ir a jugar con mi amiga. Primero debía fijarme bien si mi mamá se había dormido: Me asomaba con cuidado al dormitorio y escuchando cómo respiraba me daba cuenta.  Después cruzaba la galería caminando despacio y en puntas de pie, abría un poco la puerta (justo como para pasar yo porque si abría un poco más hacía ruido) y salía a la calle feliz.
                    Corriendo llegaba a lo de Adelma. Era rara su casa. Tenía dos pisos y era de madera pintada de verde. Desde adentro se veía toda la calle como si uno estuviera afuera. A mí me gustaba subir la escalera y quedarme en la parte de arriba que era como un patio con baranda que daba al patio de abajo.
                    El padre de Adelma siempre tomaba mate y la madre tenía forma de huevo.
                    Yo quería mucho a Adelma. Lo más lindo era sentarnos en la escalera y contarnos cosas mirando la calle que siempre estaba vacía porque hacía calor y era la hora de la siesta. También era muy lindo jugar con las muñecas -todas rotas- y con las cacerolas viejas que nos daba la mamá que nos miraba sin dejar de cebar mate.
                    Después de un rato largo yo tenía que volver a casa y entrar como había salido: Sin hacer ruido, para que mi mamá ni se enterara de que me había escapado.  Claro que, algunas veces se enteraba porque ya estaba despierta y podía escucharme, entonces se levantaba, me retaba y  revisaba mi cabeza.
                    Tanto, tanto insistió con eso que un día: ¡ME ENCONTRÓ PIOJOS!  Para mi mamá fue una tragedia...para mí también.  Empezó a lavarme la cabeza todos los días y a peinarme con un peine finito que me hacía doler. Como lloraba mucho (todos los días) me llevó a la peluquería para que me cortaran el pelo. Eso me dolió mucho más, pero no lloré.
                    No pude escaparme más a la casa de Adelma. Tampoco me dejaban invitarla a la mía. Perdí muchas cosas, todas juntas: Me quedé sin amiga, sin pelo y sin piojos que, estoy segura, eran un invento de mamá.
             (hecho ocurrido en el año 1946)                                                 
                                                             Fin



“¡A MI PAPÁ NO!”             

           Yo tenía ocho años. Mamá me pidió una mañana que fuera a la casa de la Sra. de Giácomo a pagar el alquiler. Me dio cincuenta pesos, era para un mes.
                    La Señora me hizo esperar en el vestíbulo, mientras ella hacía el recibo en su escritorio. Esa señora era fea, odiosa y muy rica porque tenía tres autos y un piano y la casa con escritorio y todo. Desde allí esa mañana me preguntó:
-¿Trajiste solamente cincuenta pesos?
-Sí- le contesté
-¡Pero están atrasados! ¡Tendrían que haberte dado para dos meses!- dijo gritando
Yo no sabía pero entendí, y le dije:
-No sé... a lo mejor mi mamá se olvidó...-
-¡Ah sí claro! ¡No se olvidaron, por eso te mandan a vos!-
Yo también entendí pero entonces no supe qué decir.
                   
                    La señora arrancó el recibo del talonario con mucha rabia y vino taconeando hasta donde yo estaba parada, me asusté; le tenía un poco de miedo porque en mi Escuela -ella era maestra de 3er. Grado- le pegaba a los chicos, creí que me iba a pegar a mí. Me dio el recibo y dijo muy enojada:

-¡Decile a tu papá que se tiene que poner al día! ¡Pagan poco y encima se atrasan! Y decile que la próxima vez venga a pagar él!-

                    La bruja  abrió la puerta de vidrios biselados que daba al zaguán y yo salí. Me vinieron muchas ganas de llorar porque pensé en mi papá y en lo mal que se iba a sentir al mes siguiente cuando fuera a pagar y la vieja de Giácomo lo retara como a mí. Y empecé a llorar. Como mi casa estaba a la vuelta, cuando llegué todavía no había terminado. Me senté en el umbral y me puse a pensar; decidí no decir nada ni a mi mamá ni a mi papá  porque se iban a poner tristes ya que casi seguro no podían juntar esa plata para el mes siguiente.

                    Entré a mi casa y como se notaba que había llorado mamá me preguntó qué me pasaba, yo le dije:

-Me caí, me dolió un poco pero ya se me pasó-
                   
                    Mamá me abrazó y no dijo nada. A mi me parece que adivinó lo que había pasado porque nunca más me mandó a pagar el alquiler.
 (hecho ocurrido en 1949)
                                                           Fin
                             


“EL TIEMPO SE MIDE EN CASAS”                    


                    Se preparó para comenzar a escribir. Frente al mar. Se sirvió una taza de café, se sentó frente a la computadora y acodándose en la mesa miró por el gran ventanal saboreando no sólo el café sino, además, la felicidad del sueño cumplido. Pero no pudo hacer realidad la imagen que su imaginación forjara. Un negro obstáculo se interponía entre ella y el mar: Su marido practicando sus ejercicios matutinos en la playa.

                    Martín. ¿Qué tiene que hacer Martín en mi casa? Nada, solamente molestar, interferir, invadir y todos los infinitivos relacionados que existan. Le había pedido por favor que no la acompañara, que se trataba de algo privado entre ella, la casa, el mar, y la novela. Algo así como una ceremonia de iniciación que no podía, es más, que no quiero compartir con nadie. Pero Martín insistió:

-Yo sé que vas a tener miedo a la noche, es un lugar solitario, te conozco.-
                    Cuando este argumento se destruyó al recordarle que a sólo seis metros tenía vecinos, por ambos lados de la casa, él señaló:

-Estamos en invierno, seguro que las casas están vacías.-

                    La mujer le recordó que no era invierno sino principios de otoño y que una de las familias vecinas vivía en ese lugar lo que garantizaba presencias cercanas a toda hora. Fue inútil, Martín viajó con ella, no sin antes asegurar, prometer y jurar que no la estorbaría y que ni siquiera iba a notar que él estaba en la casa.

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                    Amanda había conocido a Martín en un bar. Apenas lo vio supo que se iba a casar con él. Su intuición era infalible. Muchas veces se preguntó si eso no constituía un lastre, algo que la condicionaba a tomar decisiones que, es posible, fuesen equivocadas. Como la de casarme con Martín, por ejemplo.

                    Le había gustado, obvio, la intuición no fue sino expresión de deseo enmascarada, ya que él, debe reconocerse, provocó en ella una sensación muy excitante. Martín era un tipo muy atractivo y su manera de acercarse apenas cruzaron las miradas, hizo que Amanda determinara que además de estar muy bien, es muy canchero. Inteligente, esa era sin duda la calificación más justa. Martín era inteligente y eso para Amanda había sido siempre condición sine qua non para interesarse en alguien.

                     Y se casaron. Aunque no estaba muy convencida si esto es amor, sí estaba convencida de que esto es lo más conveniente para este momento de mi vida, dado que ya tenía 40 años, que no había podido terminar su primera novela y que Martín le ofrecía seguridad económica, lo que representaba tiempo libre para poder escribir,  además : Mi intuición no falla jamás.

                    Martín tenía  buenos ingresos producto de un excelente trabajo  y vivía en un amplio y agradable Departamento en Belgrano, y en uno de sus tres dormitorios, -el más espacioso-  fue donde Amanda decidió armar su Estudio. Allí fueron a parar sus bibliotecas, sus discos, su computadora y muchas otras cosas que no tenían ubicación en el resto de la vivienda.
                   
                    Martín era un tipo metódico, prolijo, pulcro y ordenado, sobre todo eso: Muy ordenado. Es fácil imaginar entonces  que en ese esquema de personalidad los trastos que Amanda poseía constituían más que nada una molestia - sobre todo porque la mayor parte de ellos no eran más que objetos inservibles a los que ella otorgaba un valor sentimental excesivo-  y por ello accedió sin reparos a que ocupara el dormitorio más grande y lo transformara en mi territorio, acordando entre ambos respetar y no invadir los espacios privados del otro. Esto último nunca fue de cumplimiento recíproco ya que Amanda cuando no escribía ocupaba todo el Departamento, reduciendo el “espacio privado” de Martín a un cajón de su placard.

                    Encerrada en esa habitación abarrotada de muebles y objetos, acompañada por los sonidos de una avenida bastante transitada, sin luz natural, porque la luz del sol me impide la concentración, percibiendo los  movimientos cotidianos de su marido y ahogada casi por el humo de los cigarrillos, Amanda logró, por fin, terminar su primera novela. Fue un éxito. Y ganó dinero, tanto como para comprar la casa ideal donde poder escribir.

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                    En el mismo momento que decidió ser escritora decidió también cuál habría de ser  el escenario perfecto para desarrollar esa tarea: Un casa en la playa. En algún lugar alejado como para evitar todo contacto con el género humano.  Con amplios ventanales que le permitieran ver el mar desde cualquier lugar, y una galería para sentarse a la noche a pensar observando las estrellas,  el oleaje y la fosforescencia marina que serán mis fuentes inagotables de inspiración, cigarrillo, vaso de whisky y música barroca mediante. Fascinada por esa imagen, se puso a escribir.

                    Lo hizo primero en un pequeño departamento mono ambiente que oficiaba a la vez de vivienda. Amanda subsistía gracias a su puesto de Profesora de Geografía en un Colegio secundario. Las condiciones en las que escribía no eran las ideales, motivo por el cual no avanzaba en la escritura. Entonces conoció a Martín y cuando al poco tiempo se casaron todo se simplificó.
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                    Encontrar la casa no fue fácil. Tenía Amanda una idea muy clara de cómo debía ser, por lo tanto si lo que le mostraban no se acercaba a lo imaginado lo desechaba de inmediato. Recorrió toda la costa Atlántica desde San Bernardo hasta Mar de Plata, sin resultados. “La casa que quiero no existe” le dijo a Martín desilusionada, él se animó a sugerirle que al norte de San Bernardo había algunas playitas solitarias que tenían mucho encanto, “no me gustan” le respondió. Martín se aburrió y decidió volver a Buenos Aires convencido, además,  de que la búsqueda no iba a concluir jamás. Sin embargo Amanda continuó firme en su empeño y, -por fin- encontró  la casa  -al norte de San Bernardo, por supuesto-, en “Lucila del Mar”.

                    Habían pasado varios meses y le urgía volver a escribir. Ya en su cabeza se había generado la idea para su segunda novela y no podía demorar el momento para desarrollarla. Quizá por eso cuando visitó la casa la encontró perfecta, aunque no era exactamente igual a lo imaginado se acercaba bastante. Era de madera, tenía una pequeña galería en el frente, una escalera que bajaba a la playa y un maravilloso y enorme ventanal con vista al mar. Había vecinos cerca, esto no era lo deseado, pero confiaba en encontrar la manera de evitar el contacto (de todos modos cabe aclarar que si de algo careció siempre Amanda fue de espíritu sociable y simpatía como para que los demás se desvivieran por frecuentarla).  Pensó además que no vendría mal tener a alguien cerca en el caso de que surgiera algún contratiempo doméstico, que nunca faltan, aunque ella fuese una escritora apasionada que cuando me sumerjo en mi fantasía creadora no alcanzo a registrar ese tipo de acontecimientos.

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                    Y entonces llegó el momento tan esperado: Comenzar la novela en su nueva casa convertida en mi Estudio. Allí fueron a parar todas sus cosas: las más necesitadas, las más queridas, las más inútiles, y con éstas también Martín.

                    Entre los dos se había acordado cuál sería la rutina de trabajo de Amanda para que las separaciones a las que se iban a enfrentar no fuesen muy prolongadas. Martín estableció un plan  (quién podía dudar de su capacidad para organizar) que a su mujer le pareció razonable. Amanda permanecería quince días en la casa de la playa y quince en Buenos Aires, y fin de semana por medio Martín habría de acompañarla para pasarlo juntos en la playa ;  así hasta terminar la novela. En el verano -si aún no lo hubiese terminado- alterarían un poco el plan para que él pasara en la playa sus vacaciones, aunque Amanda aseguraba que para el verano la novela ya estaría publicada.

                    La presencia de Martín entonces sería inevitable. Pero no en el primer viaje. Si cumplían con lo acordado él debería viajar al cabo de dos semanas, sin embargo, contrariando Martín su propio plan insistió en acompañarla: Al diablo mi ceremonia de iniciación, y así fue.

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                    Detestaba la estúpida costumbre de Martín de hacer gimnasia sin tener idea de cómo debía hacerse. Inventando ejercicios que, lo más probable, terminarían por atrofiarle el esqueleto. “Yo sé, no necesito que me enseñen”, aseguraba,  absolutamente convencido. La rutina consistía en una serie de movimientos rítmicos, que, según él  favorecían la circulación y lubricaban sus articulaciones, y de paso, te ahorrás pagarle a quien realmente sabe.

                    Y allí estaba. En la playa, frente a la casa, interponiéndose entre el mar y yo. Amanda comenzó a escribir tratando de no verlo, pero ni siquiera el número del capítulo lograba insertar en la pantalla. Sus ojos volvían una y otra vez a la figura en contraluz de Martín y a sus ridículos y  espasmódicos movimientos.

                    Dio vuelta el escritorio, se sentó de espaldas al ventanal y se convenció a sí misma de que si tenía una idea ésta no podía escapársele por un simple obstáculo en la playa. Era imperioso comenzar a escribir. El editor insistía y ella no podía fallarle; tampoco a su inteligencia, era absurdo siquiera imaginar que no podía trabajar nada más porque le impedían ver el mar. Levantó la vista, había un espejo y en él se reflejaba la silueta oscura de Martín, que se movía rítmica y enérgicamente con la gracia y la plasticidad de un rinoceronte. Se paró, fue hasta el dormitorio, trajo la colcha y la colgó tapando el espejo. Se sentó, comenzó a escribir. Durante diez minutos no levantó la vista del teclado, parecía segura, serena e inspirada. Leyó, se odió a sí misma y sin remordimientos borró las boludeces que había escrito. Apagó la computadora, se sentó frente al ventanal a mirar a Martín y a idear mil maneras de  asesinarlo.


                     Pasaron tres días y -por fin- se quedó sola. Martín volvió a su trabajo en Buenos Aires y ella pudo sentarse como quiero, mirando lo que quiero, sin interferencias de ningún tipo cuando quiero. Había llegado el momento de comenzar a producir y muy convencida arrancó con todo dispuesta a terminar el libro en los quince días de libertad que tengo por delante.

                     Es maravilloso comprobar que cuando una se tiene fe esa fe puede lograr lo imposible por el mero hecho de tenerla. Generosa la imaginación de Amanda la alentaba con las más optimistas expectativas. Y en ese estado de ánimo y con la autoestima elevada a un nivel, podríamos decir, desmesurado, comenzó la segunda novela un día de marzo, a las 9 de la mañana.

                     A las 10 sólo tenía el título y ni siquiera le gustaba.

                     A pesar del bloqueo mental no decayó su optimismo. Elaboró unos veinte  argumentos que justificaban  perfectamente el estado en el que se  encontraba. Y satisfecha con uno de los tantos decidió que la mejor terapia para superar la situación sería una larga caminata por la playa.

                     Las caminatas se sucedieron día tras día. Martín iba a encontrarla con el cuerpo mucho más en forma y su rostro con un suave bronceado que hacía resaltar sus ojos claros. Sí, la imagen que le devolvía el espejo la satisfacía, mujer al fin ¿por qué no?

                     Claro, con la imagen de la pantalla no ocurría lo mismo. No avanzaba, las ideas se habían evaporado y el mar no me inspira un carajo. Era claro advertir que ya, había comenzado a alterarse.

                     “Esto ha sido un error”, le dijo a Martín una noche que lo llamó porque necesito desesperadamente hablar con alguien, “olvidé que el mar me irrita”. En realidad nunca había pasado más de quince días corridos en la costa y a veces, ciertamente, se había sentido irritada, pero es oportuno aclarar que también se irritaba con frecuencia estando bastante alejada de la costa. El tiempo transcurrido en la casa de la playa no superaba la semana. Qué provocaba la irritación resultaba un tanto inexplicable. Ella lo atribuía al mar y eso la conformaba. Abandonó la casa, volvió a Buenos Aires. Sin anestesia. Así nomás.

                     La realidad que no podía soslayar era que la novela debía terminarse, donde fuere. Se instaló nuevamente en el Estudio del departamento y otra vez, en el medio del caos de todas sus pertenencias (agravado por una mudanza que no terminaba de ordenarse) se puso a escribir. A fin de ese año su segunda novela ya estaba publicada. Y fue otro éxito.
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                     Mientras escribía había comenzado a dar vueltas en su cabeza el escenario para su nuevo Estudio. Se imaginaba en diferentes ámbitos y no encontraba aquél que más la inspiraría y que le dará el marco ideal a mi capacidad creadora. Por fin dio con él. ¡Pero claro! ¿Cómo pude olvidarme? : La casa en el bosque, cerca de un lago y con nieve en invierno, mucha madera y un hogar con leños encendidos. Sueño éste concebido cuando siendo muy joven comenzó a escribir poemas, y que, vaya a saber en qué instancia, había sido reemplazado.

                     Fue muy difícil convencer a Martín. Ese paisaje requería una distancia mayor, no funcionaría el plan pensado para la casa en la playa. Habría que idear uno nuevo que seguramente sería más complicado y costoso si la pretensión era  no estar mucho tiempo separados. Amanda resignó entonces la nieve y a cambio del lago se conformó con un pequeño arroyo, entonces la casa fue fácil de encontrar.

                     El lugar era encantador, la casa hermosa  y cara. Estaba en el interior de la Provincia de Buenos Aires, más lejos que la anterior pero con un tren que la dejaba ahí nomás. El dinero de la segunda novela cubrió casi todos los gastos, menos el de la mudanza para lo cual pidió socorro a Martín.

                     El ventanal -elemento imprescindible para una escritora según Amanda- daba  al bosque. Desde cualquier lugar de la casa podían verse árboles de las más variadas especies. Sentada en su lugar de trabajo veía una parte del arroyo y el pequeño puente de troncos que lo cruzaba. Esto es perfecto. Otro detalle que la hace más que interesante era que unos sauces llorones cercanos le provocaban a Martín una reacción alérgica muy fuerte, razón por la cual después de dos viajes para ayudar con el traslado, desistió para siempre de volver por esos parajes.

                     A principios de abril, Amanda inauguró su nueva casa, sentándose  a trabajar con el corazón palpitando de pura felicidad. Con una taza de café a mano, cigarrillos y muchas ideas en la cabeza. El primer día escribió casi un capítulo. “Esto va muy bien”  le comentó por teléfono a Martín la noche de ese día. Ella había encontrado su lugar, y de ahí en adelante nada podría detener su impulso creativo. “El Nobel está más cerca” se dijo a sí misma, reconociendo a la vez que esa fantasía excedía los límites de la razonabilidad.

                     Durante tres días escribió con entusiasmo alternando el trabajo  con algunas caminatas por el bosque. Tomó café a la orilla del arroyo y disfrutó de la soledad absoluta apenas interrumpida por algunos animalitos inofensivos y por cierto muy tiernos. El cuarto día -lluvia mediante- no salió para nada de la casa. Cuando se cansó de escribir, leyó, cuando se cansó de leer, durmió, cuando se cansó de dormir, llamó por teléfono a Martín.

                     El quinto día seguía lloviendo. Se prometió no dejar la computadora ni siquiera un minuto.  La dejó por horas, invadida por un estado de ánimo muy peligroso. Era del tipo de los que generaban en ella la necesidad de cambios, cambios drásticos y decisiones, decisiones irreversibles. Como mudarse, por ejemplo.

                La casa era hermosa, el lugar ideal, el paisaje maravilloso, el clima una mierda. El séptimo día y cuando ya soportaba el cuarto de lluvia, llamó a su marido para quejarse. “Si yo fuese escritor disfrutaría de una casa confortable y un paisaje enmarcado por la lluvia”  le comentó Martín quien esa tarde en particular se sentía invadido por hálitos poéticos, porque, viene al caso aclarar, también en Belgrano estaba lloviendo. “Pero no sos escritor, porque de serlo te darías cuenta de que hay momentos en los que se hace imprescindible relajarse, contactarse con la naturaleza, caminar, tomar sol, jugar con los animales del bosque ; pero aquí con tanta agua que está cayendo ya están creciendo hongos en mi cabeza y, para colmo, este arroyo podrido está por desbordarse”. Lo que más sorprendió a Martín de la exposición dramática de su mujer fue lo de “jugar con los animales del bosque” dado que conocía muy bien la particular aversión de Amanda hacia todo ser viviente que no fuese humano, pero no se animó a decir nada, ella hablaba por los dos.

                El noveno día Amanda se mudó. El décimo ya estaba instalada en Belgrano, trabajando frente a la computadora, escribiendo con ímpetu irrefrenable. Mi imaginación desbordada. Mis ideas imprimiéndose en la pantalla con un derroche de creatividad que me sorprende a cada instante. El objetivo ya estaba claro. No más dudas. En su cabeza ya tomaba forma el nuevo escenario, el último, el definitivo. . Ese sueño me inspira, por eso escribo, para eso vivo.

                La tercera novela fue terminada y publicada a fin de  ese año. Al igual que las dos anteriores fue un éxito, manteniéndose durante mucho tiempo al tope de las ventas,  lo que produjo una buena suma de  dinero, suficiente como para comprar otra casa.

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                A Martín le gustó la nueva idea. Porque Martín era, sobre todo, un tipo práctico. La última demanda de su mujer encajaba en un esquema más accesible. No existían exigencias en cuanto al paisaje exterior, esta vez lo que importaba era el espacio interior y eso significaba que la casa podía encontrarse en cualquier lugar de la Capital, con suerte hasta podría haber una en Belgrano o a lo sumo en Palermo, incluso le parecería bien en Caballito, porque lo importante entonces era que la mudanza no iba a ser complicada. Esa idea lo reconfortaba, por eso, entusiasmado, ayudó a Amanda en la búsqueda.

                La casa debía ser antigua, original, sin que hubiese sido refaccionada.  En realidad además de antigua la quiero vieja. Martín preguntó si tenía idea de “reciclar” ya que los arquitectos estaban haciendo maravillas transformando los  viejos edificios, pero ella se apuró en aclarar que quería una casa que hubiese mantenido su estilo intacto, no importaba el deterioro ocasionado por el paso del tiempo, “Además sueño con un jardín muy descuidado de vegetación silvestre, con rastros de historias de amor ya pasadas, y atmósfera de abandono”, explicaba Amanda al vendedor quien, mirándola sonriente  pensaba : “Esta mina está rayada”. “Y lo máximo - continuaba Amanda- con alguna fuente  o escultura -si está rota mejor- en el medio de ese jardín que como le dije prefiero que no  sea  un jardín sino un enmarañado vergel de ramas y hojas secas”.

                Y la encontraron. En Mataderos. ¿Qué cosa no ?. El jardín estaba al frente. Enredaderas y arbustos cubrían las rejas e impedían que la casa se viera desde la calle, detalle que, para Amanda, era la suma de la perfección. Una pequeña escalinata conducía a un porche  en el que abundaban maceteros cascados y macetas rotas, con plantas que luchaban por no sucumbir a semejante abandono. Las puertas de madera que daban acceso a la casa tenían la mitad superior de vidrios “ingleses” color morado y,  ¡oh sorpresa!, estaban sanos, lo que maravilló a Amanda que, vaya a saber por qué, adoraba los vidrios de color. Las aberturas de los ambientes que daban al jardín eran muy amplias y estaban compuestas por varias ventanas juntas que permitían una espléndida vista panorámica al matorral. Faltaba la escultura claro, pero Martín lo solucionó de inmediato comprando un ángel que hacía pis  en una fuente y que estaba bastante averiado “Lo conseguí en una casa de antigüedades por Don Torcuato, cerca de la Panamericana”, le dijo a una gratamente sorprendida Amanda que no podía creer que hubiese encontrado justo lo que yo había imaginado. Lo que nunca iba a saber Amanda es que el ángel había sido comprado en una casa de plantas y ornamentos en el Tigre, que era de reciente confección y que el toque de antigüedad se lo habían dado Martín y el vendedor a golpes de martillo y baños de agua estancada, barro y alguna otra porquería.

                La casa necesitaba muchos arreglos, pero Amanda no tenía tiempo. Otra vez le urgía comenzar a escribir. No sólo por sus compromisos editoriales sino porque estaba ansiosa por instalarse en el nuevo Estudio, que prometía ser el mejor. Tenía su encanto, hay que reconocerlo. Las casas viejas conservan sus historias y éstas le dan una pátina de misterios y enigmas a las paredes, a los techos, a las puertas... sobre todo si han sido descuidadas y nadie las pintó nunca. Circunstancia que, para Amanda, hacía  de ese lugar algo realmente fantástico. Allí sí que iba a poder escribir. Será mi mejor historia, el mejor relato que pueda yo imaginar  nacerá en esta morada, rodeada de tanta magia, tantos secretos, tantos fantasmas que acompañarán mi soledad e inflamarán mi fuego creador. Estas reflexiones Amanda, por supuesto, no las compartía con nadie, no era tonta.

                Y comenzó la cuarta novela. ¡Ah!  Qué tranquilidad, qué silencio, qué espacios enormes.  Era feliz.

                Se instaló en una de las habitaciones del frente. Todo lo demás, salvo la cocina y el baño, fue clausurado, es decir, se cerró porque no había necesidad de utilizarlo, además el estado era deplorable - encantos aparte- y hasta no encarar una buena refacción era imposible de habitar. También era deplorable el estado del baño y la cocina pero zafan dijo Amanda convencida de que si ella lo decidía así era. La habitación donde armó el Estudio se conservaba más o menos arreglada, parece que allí había vivido enclaustrada hasta morir la dueña de la casa y por eso se mantuvo en buen estado. El resto era silencio, pero también abandono y suciedad.

                Durante el transcurso de la primera semana escribió entusiasmada. Interrumpiendo la tarea sólo para tomar café y mirar fascinada hacia el enmarañado y ruinoso jardín. Acompañada por música barroca que es perfecta para este contexto, sería irreverente que se escuchasen aquí otros sonidos.

                Amanda encendió un cigarrillo y se dispuso a leer todo lo escrito. ¿Había dado comienzo a su mejor historia? ¿Acaso habían aparecido los fantasmas que inflamarían su fuego? No. En realidad lo que escribió Amanda con tanto entusiasmo fue una lista detallada de las reparaciones que debían hacerse a la casa. Colores, diseños de papeles, herrajes, sanitarios, etc. etc. La lista era completísima, no faltaba nada. Satisfecha con el resultado la  imprimió y lo llamó a Martín.

                “Esos arreglos cuestan una fortuna” le comunicó Martín después de haber consultado con algunos profesionales del tema. “Los precios que calculaste son de hace diez años. No tenemos el dinero. Terminá primero la novela y después te abocás a la refacción. A la noche vení a dormir a casa, en quince minutos de auto llegás. No te encapriches Amanda, tratá de ser realista” ¡BASTA, BASTA!  Es lo que hubiese querido gritar Amanda ante tanta contrariedad. Pero no gritó ¿por qué? Porque Martín tenía razón. El precio de la casa había sido lo suficientemente alto como para consumir todo lo recaudado con la última novela. El terreno era enorme, la tierra era muy cara y el jardín fue cotizado como la reproducción de los de Babilonia. Era ya tiempo de ponerse a trabajar. Aunque me pese debo reconocerlo: Esta  vez Martín,  no se equivoca.

                Pero  la casa comenzó a deprimirla. Nada funcionaba. La cocina a gas de repente dejó de encenderse. El inodoro se tapó. El lavatorio fue a parar al piso, menos mal que lo esquivé. Y, desde el jardín, entraban bichos desagradables tales como arañas, cascarudos, moscardones y otros monstruos asquerosos e indeseables. No se animaba a salir de la habitación y comienzo a sentir claustrofobia. Las historias están entre estas paredes y se me pegan, pero no para inspirarme sino para contagiarme la chifladura de la vieja loca que se murió aquí. Y no tuvo dudas, su salud -física y mental- era prioridad.

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                Pronto estuvo nuevamente instalada en el pequeño Estudio del Departamento de Belgrano. Con mucha más bronca que fuego creador continuó con su cuarta novela que, a pesar de todo, había logrado comenzar en la casa vieja de Mataderos. Y resultó una novela diferente. Personajes enigmáticos y misteriosos perdidos en una casona muy antigua, con pasadizos secretos y jardines poblados de sonidos que presagiaban la locura y la muerte, con viejas que se encerraban por años y morían enfermas de soledad y abandono. A finales de noviembre estaba terminada. El editor dudó en publicarla, tanto la temática como el estilo habían cambiado. “Supongo que estás apuntando a otro público” le dijo. Amanda ignoró el comentario. La novela -dudas mediante- se publicó. Fue la más vendida de ese verano.

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                “Tengo tu nuevo Estudio, ¿te cuento?”, preguntó Martín a una concentradísima Amanda que iniciaba con entusiasmo su quinta novela. Ella lo miró sorprendida, molesta por la interrupción y sin disimular el malhumor que esto le provocaba respondió: “No tengo por ahora ninguna fantasía inmobiliaria. Será mejor que me dejes trabajar”. Martín insistió tan entusiasmado que logró despertar la curiosidad de una Amanda ya escéptica acerca de ese tema. “Tenemos que hablar ahora porque podría perderse, y no tengo dudas de que es el lugar ideal”. Ella dio vuelta la silla y ocultando su incipiente interés lo encaró y le pidió que hablase rápido pues tiempo y paciencia no le sobraban. El Departamento vecino estaba en venta. Contra frente con ventanas a una plaza. “No hay ruidos de la calle, tiene mucha luz, es enorme y el precio muy razonable”, enumeraba Martín, destacando cada beneficio como si él mismo fuese el vendedor. Amanda escuchaba en tanto se preguntaba a qué se debía la excitación de su marido la mudanza será una pavada eso lo entusiasma “Imaginate que la mudanza será muy fácil, ¿qué te parece?”. “Voy a pensar y lo charlamos luego”. Por el tono y actitud Martín dedujo que la “entrevista” había terminado, y se retiró.
                No se tomó Amanda mucho tiempo, media hora después estaba con su marido viendo el  departamento. Allí comenzaron a surgirle muchas ideas esto puede ser un loft, como se ve en las películas, el espacio es perfecto, y  tanto le gustaron que súbitamente abrazó y besó a Martín agradeciéndole la sugerencia. Cabe destacar que esta demostración de cariño sorprendió a Martín pero más aún a Amanda, quien - a pesar suyo - se sintió muy bien.
                 
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                Pasaron muy pocas semanas y el Departamento vecino se transformó en lo que Amanda había imaginado. Martín ayudó con ideas, que para ella fueron maravillosas. “Nada hubiese de esto hubiese sido posible de no ser por vos”, sentenciaba Amanda a un Martín que - con cierto desgano - observaba un cambio en el natural comportamiento de  su mujer.

                Se instaló. Feliz retomó su quinta novela. Durante el primer día escribió sin respiro desde muy temprano a la mañana hasta la noche que volvió a su casa. Y se abrazó a Martín para dormir.

                Al día siguiente no dejó la computadora hasta ya avanzada la tarde. Luego retornó al Departamento y allí preparó -delivery mediante- una cena espectacular para su marido, champán incluido. Pero Martín no llegó. Es  decir, llegó, pero muy tarde. La cena ya estaba fría y el champán caliente. Amanda se enojó, y se fue a dormir a su Estudio.

                A la mañana se sentó a escribir no sin antes prometerse que no se ocuparía más de Martín. No merece una mujer como yo. No más cenas delicadas, no más atenciones. De todos modos, es oportuno aclarar,  lo que decidía Amanda era simplemente volver a su conducta habitual, ocasionalmente modificada, vaya a saber por qué.

                Resolvió no volver al Departamento por unos días y escribir sin interrupción para adelantar la novela que, según le hizo saber su editor, estaba bastante atrasada.

                Escribió. Leyó. Corrigió. Borró. No podía volver a conectarse con la idea original. No podía concentrarse. No podía pensar. Para hacerlo más sencillo: No podía escribir. ¿Qué me pasa? ¿Por qué me siento incómoda en este lugar que es el mejor? Estoy segura de que más de un escritor me envidiaría. Sin embargo yo me siento como si estuviera ubicada en el centro de insólitas interferencias; sumergida en el caos de una revuelta callejera; acosada por molestos insectos; rodeada de objetos grasientos y ruidosos. Y así seguía la imaginación de Amanda generando un entorno apocalíptico que le permitía justificar con creces el hecho de estar paralizada.

                “Hay ruidos” dijo de repente cuando, recostada en un sofá dispuesta a relajarse con un whisky  y un cigarrillo, los escuchó. “¡Claro! ¡Es eso! Hay ruidos  extraños en el departamento de arriba. Seguro están en obra.” Llamó por teléfono a Martín para preguntar si él sabía algo, y pedirle que averiguase cuánto tardarían porque yo no puedo trabajar con tanto ruido sobre mi cabeza”. “No son sobre tu cabeza Amanda, tenés averiado el sentido de la orientación querida, porque esos ruidos son en mi Departamento”. Ella cortó. Tenía que digerir lo que acababa de escuchar. No quiso contestar de manera impulsiva,  antes debía analizar la situación con algo de tranquilidad, en la medida de sus posibilidades que, por cierto, eran muy pocas.

                Cuando al día siguiente consideró que ya estaba más serena fue a averiguar in situ el motivo de los ruidos. La puerta estaba cerrada por dentro por lo que no pudo abrir con sus llaves. Llamó y apareció un empolvado y robusto albañil. “Estamos pintando, el señor nos dijo que era una sorpresa para usted, que no la dejara entrar... disculpe señora, son órdenes ... “Está bien, ¿cuándo terminan ? Es lo único que me interesa.” “En tres días”  contestó el hombre. Amanda volvió a su Estudio más tranquila.

                Tres días  no es mucho. Y Martín quería darle una sorpresa. Bueno, no deja de ser tierno. Seguramente hará pintar todo de blanco otra vez, bien aburrido, cómo él.

                Durante esos tres días Amanda no trabajó. “Causa justificada”, se decía a sí misma, aunque no muy convencida  porque los ruidos terminaban a las siete de la tarde, “hora ideal para sentarse a escribir cuando hay voluntad” , reflexionó. Y por primera vez asumió que en realidad si no escribo es porque no tengo ganas.

                    Surgió entonces un conflicto existencial hasta entonces desconocido para ella.  Amanda comenzó a cuestionarse el hecho de ser escritora, preguntándose a sí misma si eso era lo que realmente le interesaba. El conflicto en realidad estaba mal encarado, era el momento de asumir errores y de aceptar una gran dosis de estupidez de su parte en todos y en cada uno de sus actos, exceptuando claro, sus novelas, las  que sin duda, evidenciaban que sí, valía la pena ser escritora.

                Por qué las cuatro casas en menos de cuatro años. Viviendas que generaban gastos inconmensurables. Las tres primeras abandonadas y la cuarta que no tardaría mucho en ingresar a la misma categoría. Un capital enorme paralizado que le generaba un tremendo disloque financiero.¿Por qué ? Había buscado desesperadamente un “refugio” ideal para escribir, sin embargo,  no lo pudo encontrar. Ninguna de sus cuatro casas le había posibilitado el entorno para escribir en paz y armonía. Pero algo estaba muy claro, había escrito cuatro novelas extraordinarias en su pequeño Estudio en el Departamento de Martín, ese cuarto lleno de cosas, constituye mi más querido universo, porque además de los objetos están los sonidos, los sonidos de una casa habitada, habitada por Martín, porque cuando no estoy allí extraño. Extraño a Martín. Él es quien mi inspira, él es quien genera en mí las ganas, las ideas, la fuerza de voluntad para sentarme y no parar hasta terminar mi trabajo. Todo lo que hice bien hasta ahora lo hice en ese cuarto. Todo lo demás, las casas perfectas, los escenarios fantásticos, los entornos ideales, son pura mierda...Yo no necesito nada más que la presencia sugerida de Martín. Él siempre cerca, dondequiera que yo esté.
                Amanda suspiró casi aliviada. Tenía una respuesta a todas sus dudas y una solución a su conflicto. “Es tan simple. Estoy enamorada de Martín. Sin él no existo”. Reconocía haber “aterrizado”, por fin, y en tierra firme sintió por primera vez que estaba en paz, en paz consigo misma y con el mundo, en paz con Martín, feliz por reconocerlo.

                Sintió la urgente necesidad de compartir las nuevas sensaciones con su marido, y sin recordar que no podía entrar al Departamento rápidamente fue  hasta allí. Ansiosa abrió la puerta. Los pintores ya no estaban. Las luces apagadas indicaban que Martín todavía no había llegado. Las encendió y  entonces pudo ver, el espacio y las formas aparecieron, sin anunciarse, y si Amanda no se desmayó fue sólo porque no formaba parte de sus hábitos,  tuvo sin embargo que apoyarse en la pared y aferrarse con fuerza a la puerta para no caer abatida por el desencanto y la frustración.

                Pasaron algunos minutos y llegó Martín. La encontró en esa misma posición. Petrificada. Semejante a una escultura de cera en un museo del terror. Pálida, los ojos muy abiertos y como único rasgo de que se trataba de un ser viviente sus lágrimas que resbalaban por su rostro hasta empapar la blusa verde de seda. Detalle este último que observó Martín con fastidio  ya que era un regalo que él le hiciera y por el cual había pagado bastante.

                Amanda había visto al encender las luces un Departamento exactamente igual al suyo que transformara en “loft”. No existían más divisiones, los tres ambientes se habían convertido en sólo uno inmenso. Habiendo sido literalmente “borrado” del espacio el cuarto donde tanto ansiaba volver a escribir.

                Se aferró a Martín con desesperación, esperando que él cambiara con el control remoto la escena desagradable que tenía ante sí. Martín, sorprendido y molesto por el tinte melodramático de la situación se desprendió de Amanda, se dirigió hasta un extremo del lugar donde se había instalado un pequeño y moderno “bar” y se sirvió un trago. Entonces ella se animó a preguntar: “¿Qué hiciste Martín, de qué se trata todo esto, cómo vamos a vivir los dos aquí? ¿Mi Estudio, mi querido Estudio, a dónde fue a parar? Yo no puedo escribir al lado. Extraño el ambiente abarrotado, el ruido de las tazas cuando preparás el desayuno, el olor a café y a pan quemado. Extraño el ruido del agua cuando te duchás. Extraño mi espacio, pequeño, íntimo y más querido e inspirador que todas las casas que compré”. Martín encendiendo un cigarrillo se sentó, (Amanda desconcertada, le costaba reconocer a su marido en esa actitud), la miró y  con gesto displicente tomó la decisión - por primera vez en cinco años de matrimonio - de hablar para no ser interrumpido (lo último es una acotación “a futuro” porque dado lo que estaba a punto de comunicar él sabía que Amanda no se permitiría interrumpirlo) : “Este departamento fue vendido. Es el Estudio de un arquitecto, el mismo que lo modificó. Yo me mudo mañana. Hasta aquí llegó nuestro matrimonio. Considerando tu comportamiento de estos años llegué a la conclusión de que soy un estorbo para vos, y es por ello que te libero de mi presencia. No tengo cargos para hacerte, vos tampoco a mí, por lo tanto, como dos seres adultos que han dejado de tolerarse, por ende, de quererse, iremos a un abogado para resolver la separación lo antes posible. Conociéndote doy por sentado que no habrán de generarse situaciones incómodas de corte sentimentaloide.  En cuanto a lo que mencionaste acerca de tu “Estudio” aquí...bueno, es obvio que eso ya no existe, y que por lo tanto deberás buscar alguna  otra opción. Según mis cálculos te quedan todavía cuatro propiedades  para encontrar en ellas tu espacio más conveniente, de no ser así podés vender todo y seguir buscando”. Punto y aparte.

                Es imposible describir el estado físico y emocional de Amanda cuando Martín terminó de hablar. Y claro, la tendencia femenina, más o menos generalizada en estos casos es ponerse a llorar, suplicar y  pedir perdón y tratar de que se reconsidere la situación. Pero Amanda no hizo nada de eso, ni siquiera abrió la boca. Ella sabía que siendo Martín como era un tipo tan metódico y ordenado, la decisión había sido lo suficientemente estudiada por él como para no admitir modificaciones. En el discurso eso había quedado bien claro, y Amanda -aún herida- conservaba su orgullo, por lo tanto no era cuestión de rebajarse a un nivel que la hiciera sentir -además- una piltrafa  humana, porque, después de todo este boludo no se lo merece.

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                Amanda volvió a dar clases de Geografía. Es una manera de no aburrirme. Ya no escribe. Compró otro Departamento -muy chico- y lo llenó con sus cosas, muy parecido a mi Estudio de Belgrano, pero la inspiración dejó de frecuentarme... definitivamente.

                “Mañana voy a ir al Bar donde conocí a Martín”. Eso dijo ayer. “Mi intuición no falla jamás”, dice hoy mientras se toma un whisky en la barra convencida de que Martín va a entrar, va a  acercarse con su mirada seductora, sus labios apenas esbozando una sonrisa, con una actitud de evidente autosuficiencia, otra vez, como aquella noche -cinco años y cinco casas atrás-  decidido a conquistarla.


         Mayo 1999                                                   fin