domingo, 11 de septiembre de 2016

“CUARTO GRADO”               

                    Yo adoraba a mi maestra de tercero. Elba Cejas Montaño se llamaba y vivía en La Plata. Como tenía que tomar todos los días el tren para venir a Quilmes a mi me parecía que era mucho más importante que las otras maestras que no viajaban. La señorita Elba era muy dulce, muy suave y cariñosa con todos -hasta con Tissera que era un poco bruto-. Explicaba las cosas tan bien que tercero -el grado más difícil junto con quinto- se nos hizo muy fácil. Sé que me quería mucho. Hasta se llevó una poesía que yo había escrito para que la leyera su hermana -que era Profesora de Literatura en La Plata-  y después me dijo que le había gustado mucho y que me felicitaba y todo. Siempre me ponía notas en el cuaderno y en el boletín porque “es muy prolija, excelente alumna, muy bien 10, la felicito”

                    Yo soñaba con ser grande y poder ser su amiga y que algún día me invitara a tomar el té a su casa que, como era en La Plata, me la imaginaba muy grande y antigua.

                    Cuando terminó el año  mis compañeros y yo lloramos mucho porque nos teníamos que separar de la Señorita Elba. Ella también lloró y nos abrazó y besó a todos, a Tissera también. Estaba triste porque no iba a trabajar más en nuestra Escuela y entonces no nos volveríamos a ver.

                    A nosotros nos esperaban tiempos difíciles. Sabíamos que la maestra de cuarto - la Señora Durrié- era muy severa y exigente y que, además, tenía muy mal carácter pero, como cuarto era fácil, no nos preocupábamos demasiado.

                    Al año siguiente ya desde el primer día comenzaron las dificultades. La maestra nos dio “Problemas” muy difíciles   para resolver en pocos minutos ; nadie los resolvió y nos ganamos un gran reto y un “uno” toda la clase. Otro día hubo “Dictado”, siempre fui buena en eso y me imaginé que, por fin, lograría la aprobación de la maestra pero, dictaba tan rápido que me equivoqué en una palabra y no tuve tiempo de corregirla, entonces la taché y seguí escribiendo, eso me pasó varias veces. Cuando le llevé el cuaderno me dijo que era una vergüenza y me lo tiró al piso. Tuve suerte porque a otros chicos se los tiró por la cabeza. Nuevamente reto general y otro “uno”.

                    Así pasaban los días y nosotros cada vez más atemorizados y confundidos, tanto que no podíamos concentrarnos y nos equivocábamos  hasta en las cosas más fáciles. Una tarde la maestra hizo venir al salón a la Directora y le dijo que éramos todos muy malos alumnos, que la clase era un desastre. Dijo también que parte de la culpa era de la maestra de tercero porque había sido muy “blanda” con nosotros, pero ella era diferente y que quería comunicarle que ese mes estábamos todos aplazados. Salió del salón para que la Directora nos retara tranquila.

                    Sin embargo, no nos retó. Al contrario, se puso a hablarnos como si fuésemos personas mayores y nos explicó que la señora Durrié tenía un problema muy grave, que le tuviéramos paciencia, que pronto se arreglaría todo. Nos contó que el año anterior había muerto su hijo y por eso estaba tan mal. Nos pidió que comprendiéramos que ese era un dolor terrible y que fuéramos buenos con ella. Yo no sabía muy bien cómo podíamos ser más buenos, ya que del miedo que le teníamos casi ni respirábamos en clase. En el recreo hablamos de eso con mis compañeros y decidimos que teníamos que seguir igual y esperar que pronto se le pasara el dolor.

                    Durante un tiempo se calmó y todos empezamos a andar mejor y hasta pudimos subir las notas de 4 a 6 y al mes siguiente algunos llegamos a 7. Un día apareció con la cara muy seria, enojada como al principio; todos nos miramos imaginando lo que se nos venía encima. Nos dio los “benditos” problemas para resolver en minutos. Un chico los terminó y se los llevó corriendo al escritorio: estaban mal, le tiró con furia el cuaderno al suelo. Nos aterrorizamos, si le tiraba el cuaderno a Pavesi que era el mejor alumno y su preferido (alguien nos dijo que era porque se parecía bastante a su hijo) que nos esperaba a los demás. Terminó la hora, la maestra se fue y esa tarde no volvió. Al día siguiente tampoco, ni al otro. Al tercero nos repartieron por los otros grados.

                    Una tarde, después de varios días de ausencia de nuestra maestra, me fueron a buscar al salón de primer grado y me llevaron al de segundo. La Señorita Basso -que había sido mi maestra y a quien yo quería mucho y también admiraba porque vivía en La Plata- me dio una hoja y me dijo que era un discurso que yo tenía que leer en el acto de despedida que le iban a hacer a nuestra maestra de cuarto que dejaba la Escuela. Me lo hicieron leer dos veces y sin darme tiempo  ni siquiera para salir de mi asombro me llevaron a la Dirección, me dieron un ramo de rosas blancas y me plantaron enfrente de la Señora Durrié que estaba sentada allí, en un sillón tapizado de amarillo.

                    Empecé leyendo lo más bien, pero en el quinto renglón me vinieron ganas de llorar y en el séptimo ya no pude aguantar más y me largué a llorar con ganas. La maestra agarró el ramo de rosas, cortó una y me la dio  y me abrazó diciendo que todo estaba bien  y se guardó el papel con el discurso.

                    Cuando salí de la Dirección todos los grados estaban formados en el Patio para despedirla. Me acerqué al mío y mis compañeros me dijeron: “Sonsa porqué llorás, mejor que se va”. Pero yo no lloraba por eso.  Lloraba porque la Señora Durrié tenía una cara tan tan triste cuando me plantaron delante de ella con las rosas y el papel, que me dio lástima, nunca en mi vida había visto una cara así.

                    A la semana siguiente nos llevaron al aula que habíamos tenido en tercero. Vino la Directora y nos dijo que ya teníamos Maestra y que era una sorpresa. Cuando la vi entrar creí que soñaba. Todos nos quedamos paralizados y todos reaccionamos al mismo tiempo y corrimos a abrazarla. Era la Señorita Elba Cejas Montaño.

                    Fueron muy buenas las autoridades de la Escuela 17, la Señorita Elba era un premio que, mis compañeros y yo, nos merecíamos de verdad.

1951


Fin
                                                                                                            



No hay comentarios:

Publicar un comentario