“CUARTO GRADO”
Yo
adoraba a mi maestra de tercero. Elba Cejas Montaño se llamaba y vivía en La
Plata. Como tenía que tomar todos los días el tren para venir a Quilmes a mi me
parecía que era mucho más importante que las otras maestras que no viajaban. La
señorita Elba era muy dulce, muy suave y cariñosa con todos -hasta con Tissera
que era un poco bruto-. Explicaba las cosas tan bien que tercero -el grado más
difícil junto con quinto- se nos hizo muy fácil. Sé que me quería mucho. Hasta
se llevó una poesía que yo había escrito para que la leyera su hermana -que era
Profesora de Literatura en La Plata- y
después me dijo que le había gustado mucho y que me felicitaba y todo. Siempre
me ponía notas en el cuaderno y en el boletín porque “es muy prolija,
excelente alumna, muy bien 10, la felicito”
Yo
soñaba con ser grande y poder ser su amiga y que algún día me invitara a tomar
el té a su casa que, como era en La Plata, me la imaginaba muy grande y
antigua.
Cuando
terminó el año mis compañeros y yo
lloramos mucho porque nos teníamos que separar de la Señorita Elba. Ella
también lloró y nos abrazó y besó a todos, a Tissera también. Estaba triste
porque no iba a trabajar más en nuestra Escuela y entonces no nos volveríamos a
ver.
A
nosotros nos esperaban tiempos difíciles. Sabíamos que la maestra de cuarto -
la Señora Durrié- era muy severa y exigente y que, además, tenía muy mal
carácter pero, como cuarto era fácil, no nos preocupábamos demasiado.
Al
año siguiente ya desde el primer día comenzaron las dificultades. La maestra
nos dio “Problemas” muy difíciles para
resolver en pocos minutos ; nadie los resolvió y nos ganamos un gran reto
y un “uno” toda la clase. Otro día hubo “Dictado”, siempre fui buena en eso y
me imaginé que, por fin, lograría la aprobación de la maestra pero, dictaba tan
rápido que me equivoqué en una palabra y no tuve tiempo de corregirla, entonces
la taché y seguí escribiendo, eso me pasó varias veces. Cuando le llevé el
cuaderno me dijo que era una vergüenza y me lo tiró al piso. Tuve suerte porque
a otros chicos se los tiró por la cabeza. Nuevamente reto general y otro “uno”.
Así
pasaban los días y nosotros cada vez más atemorizados y confundidos, tanto que
no podíamos concentrarnos y nos equivocábamos
hasta en las cosas más fáciles. Una tarde la maestra hizo venir al salón
a la Directora y le dijo que éramos todos muy malos alumnos, que la clase era
un desastre. Dijo también que parte de la culpa era de la maestra de tercero
porque había sido muy “blanda” con nosotros, pero ella era diferente y que
quería comunicarle que ese mes estábamos todos aplazados. Salió del salón para
que la Directora nos retara tranquila.
Sin
embargo, no nos retó. Al contrario, se puso a hablarnos como si fuésemos
personas mayores y nos explicó que la señora Durrié tenía un problema muy
grave, que le tuviéramos paciencia, que pronto se arreglaría todo. Nos contó
que el año anterior había muerto su hijo y por eso estaba tan mal. Nos pidió
que comprendiéramos que ese era un dolor terrible y que fuéramos buenos con
ella. Yo no sabía muy bien cómo podíamos ser más buenos, ya que del miedo que
le teníamos casi ni respirábamos en clase. En el recreo hablamos de eso con mis
compañeros y decidimos que teníamos que seguir igual y esperar que pronto se le
pasara el dolor.
Durante
un tiempo se calmó y todos empezamos a andar mejor y hasta pudimos subir las
notas de 4 a 6 y al mes siguiente algunos llegamos a 7. Un día apareció con la
cara muy seria, enojada como al principio; todos nos miramos imaginando lo que
se nos venía encima. Nos dio los “benditos” problemas para resolver en minutos.
Un chico los terminó y se los llevó corriendo al escritorio: estaban mal, le
tiró con furia el cuaderno al suelo. Nos aterrorizamos, si le tiraba el
cuaderno a Pavesi que era el mejor alumno y su preferido (alguien nos dijo que
era porque se parecía bastante a su hijo) que nos esperaba a los demás. Terminó
la hora, la maestra se fue y esa tarde no volvió. Al día siguiente tampoco, ni
al otro. Al tercero nos repartieron por los otros grados.
Una
tarde, después de varios días de ausencia de nuestra maestra, me fueron a
buscar al salón de primer grado y me llevaron al de segundo. La Señorita Basso
-que había sido mi maestra y a quien yo quería mucho y también admiraba porque
vivía en La Plata- me dio una hoja y me dijo que era un discurso que yo tenía
que leer en el acto de despedida que le iban a hacer a nuestra maestra de
cuarto que dejaba la Escuela. Me lo hicieron leer dos veces y sin darme
tiempo ni siquiera para salir de mi
asombro me llevaron a la Dirección, me dieron un ramo de rosas blancas y me
plantaron enfrente de la Señora Durrié que estaba sentada allí, en un sillón
tapizado de amarillo.
Empecé
leyendo lo más bien, pero en el quinto renglón me vinieron ganas de llorar y en
el séptimo ya no pude aguantar más y me largué a llorar con ganas. La maestra
agarró el ramo de rosas, cortó una y me la dio
y me abrazó diciendo que todo estaba bien y se guardó el papel con el discurso.
Cuando
salí de la Dirección todos los grados estaban formados en el Patio para
despedirla. Me acerqué al mío y mis compañeros me dijeron: “Sonsa porqué llorás,
mejor que se va”. Pero yo no lloraba por eso. Lloraba porque la Señora Durrié tenía una
cara tan tan triste cuando me plantaron delante de ella con las rosas y el
papel, que me dio lástima, nunca en mi vida había visto una cara así.
A
la semana siguiente nos llevaron al aula que habíamos tenido en tercero. Vino
la Directora y nos dijo que ya teníamos Maestra y que era una sorpresa. Cuando
la vi entrar creí que soñaba. Todos nos quedamos paralizados y todos
reaccionamos al mismo tiempo y corrimos a abrazarla. Era la Señorita Elba Cejas
Montaño.
Fueron
muy buenas las autoridades de la Escuela 17, la Señorita Elba era un premio
que, mis compañeros y yo, nos merecíamos de verdad.
1951
Fin
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