"FATIGA"
Un dolor agudo le atravesó el pecho. Se detuvo. No podía respirar. Apoyó
su espalda en un pedestal y dejó que su cuerpo se deslizara lentamente, seguro
de su destino. Segundos antes había alcanzado a leer lo que estaba grabado en
la piedra y a pesar de la gravedad del momento se permitió una última e
irónica reflexión: “Morir a los pies
de Shakespeare. Qué tragedia". Cuando su cuerpo llegó al piso ya
estaba muerto.
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Felipe y Marcelo salían a correr juntos por Palermo. No más de tres
veces por semana, porque Felipe estaba excedido de peso y el médico le había
aconsejado moderación en el ejercicio. Eran vecinos y como tenían amigos en
común en ocasiones compartían -además
del "footing" matutino- algunas aventuras nocturnas que incluían
recorridas por boliches de moda.
"Ese Bianchulli es un nabo", le dijo Marcelo a Felipe
esa mañana mientras se internaban por una amplia y soleada vereda del Parque "Tres de
Febrero". Felipe nunca estaba en condiciones de entablar un diálogo
muy fluido con Marcelo porque, una de
dos: o corría o hablaba, las dos actividades
al mismo tiempo le hubiesen impedido una tercera más vital: respirar.
Por lo tanto sólo respondía con monosílabos o con algún sonido acorde a la
opinión requerida. Musitó entonces un débil "¿a... sí?" y dio
pie de esa manera a su compañero para
explayarse acerca de los motivos que
-para él- hacían de Bianchulli : un nabo. "Sí, es un tarado. Hace tres semanas le comenté que quería
vender mi coche, y el boludo me dice: Yo te lo compro. Es justo lo que
estaba esperando, comprar un coche conocido, dale aguantame una semana que
estoy por cerrar un negocio...Te imaginás, yo me embalé y enseguida me puse
a recorrer las mejores concesionarias, porque te aclaro, esta vez estoy
decidido a comprarme un auto importante, que me haga sentir que soy alguien,
¿entendés? y -por sobre todas las cosas-
que no me deje a pata como alguna vez me dejó el que tengo. Bueno, como pasó
más de una semana, anoche muy confiado lo llamo
al imbécil para saber cuándo nos juntábamos para arreglar todo y el muy
idiota me sale con que el negocio le fracasó y no tiene la guita. ¿Qué me
decís?".
Felipe lamentó profundamente que Marcelo hiciera la pregunta, porque eso
implicaba una respuesta de su parte que no estaba en condiciones de ofrecer.
Con gran esfuerzo de creatividad emitió un sonido y esperó que su compañero
interpretara que con eso quería decir:
“Sí tenés razón, ese tipo es un
ganso..." Y Marcelo lo interpretó porque de inmediato dijo: "Claro
que el tipo es un ganso. ¿Te das cuenta? Y el salame ni siquiera iba a
llamarme, si no lo llamo yo ni me entero que no podía comprarlo. … por Dios,
qué nabo!" Y así, sin reparos, seguía Marcelo vilipendiando a Bianchulli, mientras Felipe pensaba: "Cómo
carajo hace este tipo para correr y hablar al mismo tiempo sin fatigarse. Fuma,
chupa, sale todas las noches y sin embargo aquí está dinámico y dispuesto como
boy-scout". Ciertamente Marcelo llevaba una vida envidiable, si es que
acaso es digna de ser envidiada la
irresponsabilidad del desenfreno. En cambio para Felipe las cosas eran muy distintas:
"O deja el cigarrillo o el cigarrillo lo deja a Ud." , le dijo
su médico una mañana, provocando en él cierta decepción más por el lugar común que por la
advertencia, tanto que dudó de la capacidad del profesional. Sin embargo le
hizo caso y dejó el cigarrillo. Y el alcohol. Y los dulces. Marcelo en cambio
no tenía necesidad de privarse de nada, dándose el lujo además de trasnochar y
a la mañana siguiente correr y hablar y
ni siquiera transpirar.
Felipe sí que transpiraba. Y esa mañana en particular más que nunca. Su
cara enrojecida hacía suponer que unos metros más y tendría que abandonar. La
fatiga, sin duda, terminaría por vencerlo. Pero estaba decidido a resistir
todavía un poco más.
Prestó atención suponiendo que ya
sería el momento de aportar algún comentario a las quejas de Marcelo, pero no,
el otro seguía con su relato que, por cierto,
en algún punto había retomado la temática "tuerca": "....más
de quince concesionarias, por fin pude seleccionar tres coches: Un Peugeot 306,
0 km., un BM 320, ¡joya! modelo 94, y una 4x4 "Ford Explorer", modelo
96. Los tres, te rejuro, de súper-onda, y más o menos se ajustan a mi
presupuesto. Las máquinas, ni hablar, una garantía, mirá, el motor del Peugeot
es de.....". “Para qué me habla de modelos de autos -pensaba
Felipe- si sabe que yo no sé un pomo. Y que no me interesa saber, porque si
hay algo que me parece idiota es tener un auto en esta ciudad que manejan todos
como el orto y en la que estás siempre
expuesto a que te pasen por encima“.
Felipe, estaba por colapsar, no
sólo por el cansancio, sino por el esfuerzo de aparentar que todavía estaba en
condiciones de seguir corriendo. No podía pedirle a Marcelo que se
detuvieran, no quería darle el gusto de
ser él quien abandonara primero, trataba de convencerse a sí mismo de que podía
controlar su fatiga y se alentaba: "un poco más...un poco más..."
Esa mañana -vaya a saber
por qué- Felipe estaba muy fastidiado
con Marcelo, probablemente porque esa mañana Marcelo -vaya a saber por qué-
estaba más desagradable que otras: "...y
si él me lo compraba me ahorraba el paso por la Agencia y podía sacar unos
pesos más. Además lo iba a convencer de que el coche estaba diez puntos y le
iba a pedir más de lo que realmente vale, pero el hijo de puta....".
Felipe a esta altura lamentaba mucho no poder responder a tanta prepotencia,
porque era el momento ideal para señalarle a Marcelo que en realidad el hijo de puta era él que
pretendía robarle al pobre Bianchulli al que, después de todo, era muy normal
que le hubiese ido mal en un negocio, ¿o es que acaso no sabe este
estúpido que hoy en día todos los
negocios en este país se van al carajo? Estaba con bronca. Sobre todo
consigo mismo, por no tener el aire suficiente para hablar, por estar gordo,
fatigado y sudado como caballo. Sintió que comenzaba a odiar a Marcelo. Y tomó una determinación:
"Es el último día que corro con este tipo, no me lo banco más". Así
iba a ser, pero eso Felipe, todavía no lo sabía.
Llegaba ya al máximo de
su resistencia. La mañana estaba pesada y, evidentemente, se sentía más cansado
que otras veces. "Creo que hasta aquí llegué, no vaya a ser que por
orgullo me quede frito de un infarto.
Éste que siga corriendo y hablando solo, no sé cómo hace, pero hay que
reconocer que está en muy buena forma, en cambio yo soy un gordo boludo a punto
de reventar..."
Prestó atención para interrumpirlo y
advirtió que, por primera vez, Marcelo estaba en silencio, seguramente
esperando algún comentario de su parte. Giró la cabeza hacia la derecha pero no
lo vio. Giró a la izquierda y tampoco. Se paró, dejó caer sus brazos y el torso
hacia adelante, para aflojarse, mientras que muy divertido pensaba:
"Bueno, el atleta se cansó antes que yo. Seguramente por decir tantas
huevadas". Miró hacia atrás imaginándolo demorado, pero no estaba.
Entonces se dio vuelta para ver la totalidad del sendero que acababa
de recorrer y así, por fin, pudo verlo. A unos treinta metros de allí, Marcelo apoyaba su espalda en
un pedestal y por él se deslizaba, lentamente,
hasta que todo su cuerpo llegó al piso y allí quedó tendido, solo, a los pies de Shakespeare.
FIN
Año 2001
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