miércoles, 7 de septiembre de 2016


        "FATIGA


        Un dolor agudo le atravesó el pecho. Se detuvo. No podía respirar. Apoyó su espalda en un pedestal y dejó que su cuerpo se deslizara lentamente, seguro de su destino. Segundos antes había alcanzado a leer lo que estaba grabado en la piedra y a pesar de la gravedad del momento se permitió una última e irónica   reflexión: “Morir a los pies de Shakespeare. Qué tragedia". Cuando su cuerpo llegó al piso ya estaba muerto.
                                                                           
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        Felipe y Marcelo salían a correr juntos por Palermo. No más de tres veces por semana, porque Felipe estaba excedido de peso y el médico le había aconsejado moderación en el ejercicio. Eran vecinos y como tenían amigos en común en ocasiones compartían  -además del "footing" matutino- algunas aventuras nocturnas que incluían recorridas por boliches de moda.
                   
       "Ese Bianchulli es un nabo", le dijo Marcelo a Felipe esa mañana mientras se internaban por una amplia  y soleada vereda del Parque "Tres de Febrero". Felipe nunca estaba en condiciones de entablar un diálogo muy   fluido con Marcelo porque, una de dos: o corría o hablaba, las dos actividades  al mismo tiempo le hubiesen impedido una tercera más vital: respirar. Por lo tanto sólo respondía con monosílabos o con algún sonido acorde a la opinión requerida. Musitó entonces un débil "¿a... sí?" y dio pie de esa manera  a su compañero para explayarse acerca de  los motivos que -para él- hacían de Bianchulli : un nabo. "Sí, es un tarado.  Hace tres semanas le comenté que quería vender mi coche, y el boludo me dice: Yo te lo compro. Es justo lo que estaba esperando, comprar un coche conocido, dale aguantame una semana que estoy por cerrar un negocio...Te imaginás, yo me embalé y enseguida me puse a recorrer las mejores concesionarias, porque te aclaro, esta vez estoy decidido a comprarme un auto importante, que me haga sentir que soy alguien, ¿entendés?  y -por sobre todas las cosas- que no me deje a pata como alguna vez me dejó el que tengo. Bueno, como pasó más de una semana, anoche muy confiado lo llamo  al imbécil para saber cuándo nos juntábamos para arreglar todo y el muy idiota me sale con que el negocio le fracasó y no tiene la guita. ¿Qué me decís?".

       Felipe lamentó profundamente que Marcelo hiciera la pregunta, porque eso implicaba una respuesta de su parte que no estaba en condiciones de ofrecer. Con gran esfuerzo de creatividad emitió un sonido y esperó que su compañero interpretara  que con eso quería decir: “Sí tenés razón,  ese tipo es un ganso..." Y Marcelo lo interpretó porque de inmediato dijo: "Claro que el tipo es un ganso. ¿Te das cuenta? Y el salame ni siquiera iba a llamarme, si no lo llamo yo ni me entero que no podía comprarlo. … por Dios, qué nabo!" Y así, sin reparos, seguía Marcelo vilipendiando a  Bianchulli, mientras Felipe pensaba: "Cómo carajo hace este tipo para correr y hablar al mismo tiempo sin fatigarse. Fuma, chupa, sale todas las noches y sin embargo aquí está dinámico y dispuesto como boy-scout". Ciertamente Marcelo llevaba una vida envidiable, si es que acaso es digna de ser envidiada  la irresponsabilidad del desenfreno. En cambio para Felipe las cosas eran muy distintas: "O deja el cigarrillo o el cigarrillo lo deja a Ud." , le dijo su médico una mañana, provocando en él cierta decepción  más por el lugar común que por la advertencia, tanto que dudó de la capacidad del profesional. Sin embargo le hizo caso y dejó el cigarrillo. Y el alcohol. Y los dulces. Marcelo en cambio no tenía necesidad de privarse de nada, dándose el lujo además de trasnochar y a la mañana  siguiente correr y hablar y ni siquiera transpirar.

        Felipe sí que transpiraba. Y esa mañana en particular más que nunca. Su cara enrojecida hacía suponer que unos metros más y tendría que abandonar. La fatiga, sin duda, terminaría por vencerlo. Pero estaba decidido a resistir todavía un poco más.
        Prestó atención suponiendo que  ya sería el momento de aportar algún comentario a las quejas de Marcelo, pero no, el otro seguía con su relato que, por cierto,  en algún punto había retomado la temática "tuerca": "....más de quince concesionarias, por fin pude seleccionar tres coches: Un Peugeot 306, 0 km., un BM 320, ¡joya! modelo 94, y una 4x4 "Ford Explorer", modelo 96. Los tres, te rejuro, de súper-onda, y más o menos se ajustan a mi presupuesto. Las máquinas, ni hablar, una garantía, mirá, el motor del Peugeot es de.....". “Para qué me habla de modelos de autos -pensaba Felipe- si sabe que yo no sé un pomo. Y que no me interesa saber, porque si hay algo que me parece idiota es tener un auto en esta ciudad que manejan todos como el orto y en la que  estás siempre expuesto a que te pasen por encima“.

                                 Felipe, estaba por colapsar, no sólo por el cansancio, sino por el esfuerzo de aparentar que todavía estaba en condiciones de seguir corriendo. No podía pedirle a Marcelo que se detuvieran,  no quería darle el gusto de ser él quien abandonara primero, trataba de convencerse a sí mismo de que podía controlar su fatiga y se alentaba: "un poco más...un poco más..."
                      
                       Esa mañana -vaya a saber por qué-  Felipe estaba muy fastidiado con Marcelo, probablemente porque esa mañana Marcelo -vaya a saber por qué- estaba  más desagradable que otras: "...y si él me lo compraba me ahorraba el paso por la Agencia y podía sacar unos pesos más. Además lo iba a convencer de que el coche estaba diez puntos y le iba a pedir más de lo que realmente vale, pero el hijo de puta....". Felipe a esta altura lamentaba mucho no poder responder a tanta prepotencia, porque era el momento ideal para señalarle a Marcelo  que en realidad el hijo de puta era él que pretendía robarle al pobre Bianchulli al que, después de todo, era muy normal que le hubiese ido mal en un negocio, ¿o es que acaso no sabe este estúpido  que hoy en día todos los negocios en este país se van al carajo? Estaba con bronca. Sobre todo consigo mismo, por no tener el aire suficiente para hablar, por estar gordo, fatigado y sudado como caballo. Sintió que comenzaba a odiar  a Marcelo. Y tomó una determinación: "Es el último día que corro con este tipo, no me lo banco más". Así iba a ser, pero eso Felipe, todavía no lo sabía.

                      Llegaba ya al máximo de su resistencia. La mañana estaba pesada y, evidentemente, se sentía más cansado que otras veces. "Creo que hasta aquí llegué, no vaya a ser que por orgullo me quede frito  de un infarto. Éste que siga corriendo y hablando solo, no sé cómo hace, pero hay que reconocer que está en muy buena forma, en cambio yo soy un gordo boludo a punto de reventar..."

                       Prestó atención para interrumpirlo y advirtió que, por primera vez, Marcelo estaba en silencio, seguramente esperando algún comentario de su parte. Giró la cabeza hacia la derecha pero no lo vio. Giró a la izquierda y tampoco. Se paró, dejó caer sus brazos y el torso hacia adelante, para aflojarse, mientras que muy divertido pensaba: "Bueno, el atleta se cansó antes que yo. Seguramente por decir tantas huevadas". Miró hacia atrás imaginándolo demorado, pero no estaba. Entonces  se dio vuelta  para ver la totalidad del sendero que acababa de recorrer y así, por fin, pudo verlo. A unos treinta  metros de allí, Marcelo apoyaba su espalda en un pedestal y por él se deslizaba, lentamente,  hasta que todo su cuerpo llegó al piso y allí quedó tendido, solo, a los  pies de Shakespeare.

                                                                 FIN
                                                                                                              Año 2001


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