“EL TIEMPO SE MIDE EN CASAS”
Se
preparó para comenzar a escribir. Frente al mar. Se sirvió una taza de
café, se sentó frente a la computadora y acodándose en la mesa miró por el gran
ventanal saboreando no sólo el café sino, además, la felicidad del sueño
cumplido. Pero no pudo hacer realidad la imagen que su imaginación forjara. Un
negro obstáculo se interponía entre ella y el mar: Su marido practicando sus
ejercicios matutinos en la playa.
Martín.
¿Qué tiene que hacer Martín en mi casa? Nada, solamente molestar,
interferir, invadir y todos los infinitivos relacionados que existan. Le
había pedido por favor que no la acompañara, que se trataba de algo privado
entre ella, la casa, el mar, y la novela. Algo así como una ceremonia de
iniciación que no podía, es más, que no quiero compartir con nadie. Pero
Martín insistió:
-Yo sé que vas a tener miedo a la noche,
es un lugar solitario, te conozco.-
Cuando
este argumento se destruyó al recordarle que a sólo seis metros tenía vecinos,
por ambos lados de la casa, él señaló:
-Estamos en invierno, seguro que las casas
están vacías.-
La
mujer le recordó que no era invierno sino principios de otoño y que una de las
familias vecinas vivía en ese lugar lo que garantizaba presencias cercanas a
toda hora. Fue inútil, Martín viajó con ella, no sin antes asegurar, prometer y
jurar que no la estorbaría y que ni siquiera iba a notar que él estaba en la
casa.
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Amanda
había conocido a Martín en un bar. Apenas lo vio supo que se iba a casar con
él. Su intuición era infalible. Muchas veces se preguntó si eso no constituía
un lastre, algo que la condicionaba a tomar decisiones que, es posible, fuesen
equivocadas. Como la de casarme con Martín, por ejemplo.
Le
había gustado, obvio, la intuición no fue sino expresión de deseo enmascarada,
ya que él, debe reconocerse, provocó en ella una sensación muy excitante.
Martín era un tipo muy atractivo y su manera de acercarse apenas cruzaron las
miradas, hizo que Amanda determinara que además de estar muy bien, es muy
canchero. Inteligente, esa era sin duda la calificación más justa. Martín
era inteligente y eso para Amanda había sido siempre condición sine qua non para
interesarse en alguien.
Y se casaron. Aunque no estaba muy convencida si
esto es amor, sí estaba convencida de que esto es lo más conveniente
para este momento de mi vida, dado que ya tenía 40 años, que no había
podido terminar su primera novela y que Martín le ofrecía seguridad económica,
lo que representaba tiempo libre para poder escribir, además : Mi intuición no falla jamás.
Martín
tenía buenos ingresos producto de un
excelente trabajo y vivía en un amplio y
agradable Departamento en Belgrano, y en uno de sus tres dormitorios,
-el más espacioso- fue donde Amanda
decidió armar su Estudio. Allí fueron a parar sus bibliotecas, sus
discos, su computadora y muchas otras cosas que no tenían ubicación en el resto
de la vivienda.
Martín
era un tipo metódico, prolijo, pulcro y ordenado, sobre todo eso: Muy
ordenado. Es fácil imaginar entonces
que en ese esquema de personalidad los trastos que Amanda poseía
constituían más que nada una molestia - sobre todo porque la mayor parte de
ellos no eran más que objetos inservibles a los que ella otorgaba un valor
sentimental excesivo- y por ello accedió
sin reparos a que ocupara el dormitorio más grande y lo transformara en mi
territorio, acordando entre ambos respetar y no invadir los espacios
privados del otro. Esto último nunca fue de cumplimiento recíproco ya que
Amanda cuando no escribía ocupaba todo el Departamento, reduciendo el “espacio
privado” de Martín a un cajón de su placard.
Encerrada
en esa habitación abarrotada de muebles y objetos, acompañada por los sonidos
de una avenida bastante transitada, sin luz natural, porque la luz del sol
me impide la concentración, percibiendo los
movimientos cotidianos de su marido y ahogada casi por el humo de los
cigarrillos, Amanda logró, por fin, terminar su primera novela. Fue un éxito. Y
ganó dinero, tanto como para comprar la casa ideal donde poder escribir.
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En
el mismo momento que decidió ser escritora decidió también cuál habría de
ser el escenario perfecto para
desarrollar esa tarea: Un casa en la playa. En algún lugar alejado como para
evitar todo contacto con el género humano.
Con amplios ventanales que le permitieran ver el mar desde cualquier
lugar, y una galería para sentarse a la noche a pensar observando las
estrellas, el oleaje y la fosforescencia
marina que serán mis fuentes inagotables de inspiración, cigarrillo,
vaso de whisky y música barroca mediante. Fascinada por esa imagen, se puso
a escribir.
Lo
hizo primero en un pequeño departamento mono ambiente que oficiaba a la vez de
vivienda. Amanda subsistía gracias a su puesto de Profesora de Geografía en un
Colegio secundario. Las condiciones en las que escribía no eran las ideales,
motivo por el cual no avanzaba en la escritura. Entonces conoció a Martín y
cuando al poco tiempo se casaron todo se simplificó.
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Encontrar
la casa no fue fácil. Tenía Amanda una idea muy clara de cómo debía ser, por lo
tanto si lo que le mostraban no se acercaba a lo imaginado lo desechaba de
inmediato. Recorrió toda la costa Atlántica desde San Bernardo hasta Mar de
Plata, sin resultados. “La casa que quiero no existe” le dijo a Martín
desilusionada, él se animó a sugerirle que al norte de San Bernardo había
algunas playitas solitarias que tenían mucho encanto, “no me gustan” le
respondió. Martín se aburrió y decidió volver a Buenos Aires convencido,
además, de que la búsqueda no iba a
concluir jamás. Sin embargo Amanda continuó firme en su empeño y, -por fin-
encontró la casa -al norte de San Bernardo, por supuesto-, en
“Lucila del Mar”.
Habían
pasado varios meses y le urgía volver a escribir. Ya en su cabeza se había
generado la idea para su segunda novela y no podía demorar el momento para
desarrollarla. Quizá por eso cuando visitó la casa la encontró perfecta, aunque
no era exactamente igual a lo imaginado se acercaba bastante. Era de madera,
tenía una pequeña galería en el frente, una escalera que bajaba a la playa y un
maravilloso y enorme ventanal con vista al mar. Había vecinos cerca, esto
no era lo deseado, pero confiaba en encontrar la manera de evitar el contacto
(de todos modos cabe aclarar que si de algo careció siempre Amanda fue de
espíritu sociable y simpatía como para que los demás se desvivieran por
frecuentarla). Pensó además que no
vendría mal tener a alguien cerca en el caso de que surgiera algún contratiempo
doméstico, que nunca faltan, aunque ella fuese una escritora apasionada que
cuando me sumerjo en mi fantasía creadora no alcanzo a registrar ese tipo de
acontecimientos.
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Y
entonces llegó el momento tan esperado: Comenzar la novela en su nueva casa
convertida en mi Estudio. Allí fueron a parar todas sus cosas:
las más necesitadas, las más queridas, las más inútiles, y con éstas también
Martín.
Entre
los dos se había acordado cuál sería la rutina de trabajo de Amanda para que
las separaciones a las que se iban a enfrentar no fuesen muy prolongadas.
Martín estableció un plan (quién podía
dudar de su capacidad para organizar) que a su mujer le pareció razonable.
Amanda permanecería quince días en la casa de la playa y quince en Buenos
Aires, y fin de semana por medio Martín habría de acompañarla para pasarlo
juntos en la playa ; así hasta
terminar la novela. En el verano -si aún no lo hubiese terminado- alterarían un
poco el plan para que él pasara en la playa sus vacaciones, aunque Amanda
aseguraba que para el verano la novela ya estaría publicada.
La
presencia de Martín entonces sería inevitable. Pero no en el primer viaje. Si
cumplían con lo acordado él debería viajar al cabo de dos semanas, sin embargo,
contrariando Martín su propio plan insistió en acompañarla: Al diablo
mi ceremonia de iniciación, y así fue.
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Detestaba
la estúpida costumbre de Martín de hacer gimnasia sin tener idea de cómo debía
hacerse. Inventando ejercicios que, lo más probable, terminarían por atrofiarle
el esqueleto. “Yo sé, no necesito que me enseñen”, aseguraba, absolutamente convencido. La rutina consistía
en una serie de movimientos rítmicos, que, según él favorecían la circulación y lubricaban sus
articulaciones, y de paso, te ahorrás pagarle a quien realmente sabe.
Y
allí estaba. En la playa, frente a la casa, interponiéndose entre el mar y
yo. Amanda comenzó a escribir tratando de no verlo, pero ni siquiera el
número del capítulo lograba insertar en la pantalla. Sus ojos volvían una y
otra vez a la figura en contraluz de Martín y a sus ridículos y espasmódicos movimientos.
Dio
vuelta el escritorio, se sentó de espaldas al ventanal y se convenció a sí
misma de que si tenía una idea ésta no podía escapársele por un simple
obstáculo en la playa. Era imperioso comenzar a escribir. El editor insistía y
ella no podía fallarle; tampoco a su inteligencia, era absurdo siquiera
imaginar que no podía trabajar nada más porque le impedían ver el mar. Levantó
la vista, había un espejo y en él se reflejaba la silueta oscura de Martín, que
se movía rítmica y enérgicamente con la gracia y la plasticidad de
un rinoceronte. Se paró, fue hasta el dormitorio, trajo la colcha y la
colgó tapando el espejo. Se sentó, comenzó a escribir. Durante diez minutos no
levantó la vista del teclado, parecía segura, serena e inspirada. Leyó, se odió
a sí misma y sin remordimientos borró las boludeces que había escrito.
Apagó la computadora, se sentó frente al ventanal a mirar a Martín y a idear
mil maneras de asesinarlo.
Pasaron tres días y -por
fin- se quedó sola. Martín volvió a su trabajo en Buenos Aires y ella pudo
sentarse como quiero, mirando lo que quiero, sin interferencias
de ningún tipo cuando quiero. Había llegado el momento de comenzar a producir
y muy convencida arrancó con todo dispuesta a terminar el libro en los
quince días de libertad que tengo por delante.
Es maravilloso
comprobar que cuando una se tiene fe esa fe puede lograr lo imposible por el
mero hecho de tenerla. Generosa la
imaginación de Amanda la alentaba con las más optimistas expectativas. Y en ese
estado de ánimo y con la autoestima elevada a un nivel, podríamos decir,
desmesurado, comenzó la segunda novela un día de marzo, a las 9 de la mañana.
A las 10 sólo tenía el
título y ni siquiera le gustaba.
A pesar del bloqueo mental
no decayó su optimismo. Elaboró unos veinte
argumentos que justificaban
perfectamente el estado en el que se
encontraba. Y satisfecha con uno de los tantos decidió que la mejor
terapia para superar la situación sería una larga caminata por la playa.
Las caminatas se sucedieron
día tras día. Martín iba a encontrarla con el cuerpo mucho más en forma y su
rostro con un suave bronceado que hacía resaltar sus ojos claros. Sí, la imagen
que le devolvía el espejo la satisfacía, mujer al fin ¿por qué no?
Claro, con la imagen de la
pantalla no ocurría lo mismo. No avanzaba, las ideas se habían evaporado y el
mar no me inspira un carajo. Era claro advertir que ya, había comenzado
a alterarse.
“Esto ha sido
un error”, le dijo a Martín una noche que lo
llamó porque necesito desesperadamente hablar con alguien, “olvidé que el
mar me irrita”. En realidad nunca había pasado más de quince días corridos
en la costa y a veces, ciertamente, se había sentido irritada, pero es oportuno
aclarar que también se irritaba con frecuencia estando bastante alejada de la
costa. El tiempo transcurrido en la casa de la playa no superaba la semana. Qué
provocaba la irritación resultaba un tanto inexplicable. Ella lo atribuía al
mar y eso la conformaba. Abandonó la casa, volvió a Buenos Aires. Sin
anestesia. Así nomás.
La realidad que no podía
soslayar era que la novela debía terminarse, donde fuere. Se instaló nuevamente
en el Estudio del departamento y otra vez, en el medio del caos de todas sus
pertenencias (agravado por una mudanza que no terminaba de ordenarse) se puso a
escribir. A fin de ese año su segunda novela ya estaba publicada. Y fue otro
éxito.
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Mientras escribía había
comenzado a dar vueltas en su cabeza el escenario para su nuevo Estudio. Se
imaginaba en diferentes ámbitos y no encontraba aquél que más la inspiraría y
que le dará el marco ideal a mi capacidad creadora. Por fin dio con
él. ¡Pero claro! ¿Cómo pude olvidarme? : La casa en el bosque,
cerca de un lago y con nieve en invierno, mucha madera y un hogar con leños
encendidos. Sueño éste concebido cuando siendo muy joven comenzó a escribir
poemas, y que, vaya a saber en qué instancia, había sido reemplazado.
Fue muy difícil convencer a
Martín. Ese paisaje requería una distancia mayor, no funcionaría el plan
pensado para la casa en la playa. Habría que idear uno nuevo que seguramente
sería más complicado y costoso si la pretensión era no estar mucho tiempo separados. Amanda
resignó entonces la nieve y a cambio del lago se conformó con un pequeño
arroyo, entonces la casa fue fácil de encontrar.
El lugar era encantador, la
casa hermosa y cara. Estaba en el
interior de la Provincia de Buenos Aires, más lejos que la anterior pero con un
tren que la dejaba ahí nomás. El dinero de la segunda novela cubrió casi todos
los gastos, menos el de la mudanza para lo cual pidió socorro a Martín.
El ventanal -elemento
imprescindible para una escritora según Amanda- daba al bosque. Desde cualquier lugar de la casa
podían verse árboles de las más variadas especies. Sentada en su lugar de
trabajo veía una parte del arroyo y el pequeño puente de troncos que lo
cruzaba. Esto es perfecto. Otro detalle que la hace más que
interesante era que unos sauces llorones cercanos le provocaban a Martín
una reacción alérgica muy fuerte, razón por la cual después de dos viajes para
ayudar con el traslado, desistió para siempre de volver por esos parajes.
A principios de abril,
Amanda inauguró su nueva casa, sentándose
a trabajar con el corazón palpitando de pura felicidad. Con una taza de
café a mano, cigarrillos y muchas ideas en la cabeza. El primer día escribió
casi un capítulo. “Esto va muy bien”
le comentó por teléfono a Martín la noche de ese día. Ella había
encontrado su lugar, y de ahí en adelante nada podría detener su impulso
creativo. “El Nobel está más cerca” se dijo a sí misma, reconociendo a
la vez que esa fantasía excedía los límites de la razonabilidad.
Durante tres días escribió
con entusiasmo alternando el trabajo con
algunas caminatas por el bosque. Tomó café a la orilla del arroyo y disfrutó de
la soledad absoluta apenas interrumpida por algunos animalitos inofensivos y
por cierto muy tiernos. El cuarto día -lluvia mediante- no salió para nada
de la casa. Cuando se cansó de escribir, leyó, cuando se cansó de leer, durmió,
cuando se cansó de dormir, llamó por teléfono a Martín.
El quinto día seguía
lloviendo. Se prometió no dejar la computadora ni siquiera un minuto. La dejó por horas, invadida por un estado de
ánimo muy peligroso. Era del tipo de los que generaban en ella la necesidad de
cambios, cambios drásticos y decisiones, decisiones irreversibles. Como
mudarse, por ejemplo.
La casa era hermosa, el lugar
ideal, el paisaje maravilloso, el clima una mierda. El séptimo día y
cuando ya soportaba el cuarto de lluvia, llamó a su marido para quejarse. “Si
yo fuese escritor disfrutaría de una casa confortable y un paisaje enmarcado
por la lluvia” le comentó Martín
quien esa tarde en particular se sentía invadido por hálitos poéticos, porque,
viene al caso aclarar, también en Belgrano estaba lloviendo. “Pero no sos
escritor, porque de serlo te darías cuenta de que hay momentos en los que se
hace imprescindible relajarse, contactarse con la naturaleza, caminar, tomar
sol, jugar con los animales del bosque ; pero aquí con tanta agua que está
cayendo ya están creciendo hongos en mi cabeza y, para colmo, este arroyo
podrido está por desbordarse”. Lo que más sorprendió a Martín de la
exposición dramática de su mujer fue lo de “jugar con los animales del bosque”
dado que conocía muy bien la particular aversión de Amanda hacia todo ser
viviente que no fuese humano, pero no se animó a decir nada,
ella hablaba por los dos.
El
noveno día Amanda se mudó. El décimo ya estaba instalada en Belgrano,
trabajando frente a la computadora, escribiendo con ímpetu irrefrenable. Mi
imaginación desbordada. Mis ideas imprimiéndose en la pantalla con un derroche
de creatividad que me sorprende a cada instante. El objetivo ya estaba
claro. No más dudas. En su cabeza ya tomaba forma el nuevo escenario, el
último, el definitivo. . Ese sueño me inspira, por eso escribo, para eso vivo.
La
tercera novela fue terminada y publicada a fin de ese año. Al igual que las dos anteriores fue
un éxito, manteniéndose durante mucho tiempo al tope de las ventas, lo que produjo una buena suma de dinero, suficiente como para comprar otra
casa.
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A
Martín le gustó la nueva idea. Porque Martín era, sobre todo, un tipo práctico.
La última demanda de su mujer encajaba en un esquema más accesible. No existían
exigencias en cuanto al paisaje exterior, esta vez lo que importaba era el
espacio interior y eso significaba que la casa podía encontrarse en cualquier
lugar de la Capital, con suerte hasta podría haber una en Belgrano o a lo sumo
en Palermo, incluso le parecería bien en Caballito, porque lo importante
entonces era que la mudanza no iba a ser complicada. Esa idea lo reconfortaba,
por eso, entusiasmado, ayudó a Amanda en la búsqueda.
La
casa debía ser antigua, original, sin que hubiese sido refaccionada. En realidad además de antigua la quiero
vieja. Martín preguntó si tenía idea de “reciclar” ya que los arquitectos
estaban haciendo maravillas transformando los
viejos edificios, pero ella se apuró en aclarar que quería una casa que
hubiese mantenido su estilo intacto, no importaba el deterioro ocasionado por
el paso del tiempo, “Además sueño con un jardín muy descuidado de vegetación
silvestre, con rastros de historias de amor ya pasadas, y atmósfera de
abandono”, explicaba Amanda al vendedor quien, mirándola sonriente pensaba : “Esta mina está rayada”. “Y
lo máximo - continuaba Amanda- con alguna fuente o escultura -si está rota mejor- en el medio
de ese jardín que como le dije prefiero que no
sea un jardín sino un enmarañado
vergel de ramas y hojas secas”.
Y
la encontraron. En Mataderos. ¿Qué cosa no ?. El jardín estaba al frente. Enredaderas
y arbustos cubrían las rejas e impedían que la casa se viera desde la calle,
detalle que, para Amanda, era la suma de la perfección. Una pequeña escalinata
conducía a un porche en el que abundaban
maceteros cascados y macetas rotas, con plantas que luchaban por no sucumbir a
semejante abandono. Las puertas de madera que daban acceso a la casa tenían la
mitad superior de vidrios “ingleses” color morado y, ¡oh sorpresa!, estaban sanos, lo que
maravilló a Amanda que, vaya a saber por qué, adoraba los vidrios de color. Las
aberturas de los ambientes que daban al jardín eran muy amplias y estaban
compuestas por varias ventanas juntas que permitían una espléndida vista
panorámica al matorral. Faltaba la escultura claro, pero Martín lo solucionó de
inmediato comprando un ángel que hacía pis
en una fuente y que estaba bastante averiado “Lo conseguí en una casa
de antigüedades por Don Torcuato, cerca de la Panamericana”, le dijo a una
gratamente sorprendida Amanda que no podía creer que hubiese encontrado justo
lo que yo había imaginado. Lo que nunca iba a saber Amanda es que el ángel
había sido comprado en una casa de plantas y ornamentos en el Tigre, que era de
reciente confección y que el toque de antigüedad se lo habían dado Martín y el
vendedor a golpes de martillo y baños de agua estancada, barro y alguna otra
porquería.
La
casa necesitaba muchos arreglos, pero Amanda no tenía tiempo. Otra vez le urgía
comenzar a escribir. No sólo por sus compromisos editoriales sino porque estaba
ansiosa por instalarse en el nuevo Estudio, que prometía ser el
mejor. Tenía su encanto, hay que reconocerlo. Las casas viejas conservan
sus historias y éstas le dan una pátina de misterios y enigmas a las paredes, a
los techos, a las puertas... sobre todo si han sido descuidadas y nadie las
pintó nunca. Circunstancia que, para Amanda, hacía de ese lugar algo realmente fantástico. Allí
sí que iba a poder escribir. Será mi mejor historia, el mejor relato que
pueda yo imaginar nacerá en esta morada,
rodeada de tanta magia, tantos secretos, tantos fantasmas que acompañarán mi
soledad e inflamarán mi fuego creador. Estas reflexiones Amanda, por
supuesto, no las compartía con nadie, no era tonta.
Y
comenzó la cuarta novela. ¡Ah! Qué
tranquilidad, qué silencio, qué espacios enormes. Era feliz.
Se
instaló en una de las habitaciones del frente. Todo lo demás, salvo la cocina y
el baño, fue clausurado, es decir, se cerró porque no había necesidad de
utilizarlo, además el estado era deplorable - encantos aparte- y hasta no
encarar una buena refacción era imposible de habitar. También era deplorable el
estado del baño y la cocina pero zafan dijo Amanda convencida de que si
ella lo decidía así era. La habitación donde armó el Estudio se
conservaba más o menos arreglada, parece que allí había vivido enclaustrada
hasta morir la dueña de la casa y por eso se mantuvo en buen estado. El resto
era silencio, pero también abandono y suciedad.
Durante
el transcurso de la primera semana escribió entusiasmada. Interrumpiendo la
tarea sólo para tomar café y mirar fascinada hacia el enmarañado y ruinoso
jardín. Acompañada por música barroca que es perfecta para este contexto,
sería irreverente que se escuchasen aquí otros sonidos.
Amanda
encendió un cigarrillo y se dispuso a leer todo lo escrito. ¿Había dado
comienzo a su mejor historia? ¿Acaso habían aparecido los fantasmas que
inflamarían su fuego? No. En realidad lo que escribió Amanda con tanto
entusiasmo fue una lista detallada de las reparaciones que debían hacerse a la
casa. Colores, diseños de papeles, herrajes, sanitarios, etc. etc. La lista era
completísima, no faltaba nada. Satisfecha con el resultado la imprimió y lo llamó a Martín.
“Esos
arreglos cuestan una fortuna”
le comunicó Martín
después de haber consultado con algunos profesionales del tema. “Los
precios que calculaste son de hace diez años. No tenemos el dinero. Terminá
primero la novela y después te abocás a la refacción. A la noche vení a dormir
a casa, en quince minutos de auto llegás. No te encapriches Amanda,
tratá de ser realista” ¡BASTA, BASTA! Es lo que hubiese querido
gritar Amanda ante tanta contrariedad. Pero no gritó ¿por qué? Porque Martín
tenía razón. El precio de la casa había sido lo suficientemente alto como para
consumir todo lo recaudado con la última novela. El terreno era enorme, la
tierra era muy cara y el jardín fue cotizado como la reproducción de los de
Babilonia. Era ya tiempo de ponerse a trabajar. Aunque me pese debo
reconocerlo: Esta vez Martín, no se equivoca.
Pero la casa comenzó a deprimirla. Nada
funcionaba. La cocina a gas de repente dejó de encenderse. El inodoro se tapó.
El lavatorio fue a parar al piso, menos mal que lo esquivé. Y, desde el
jardín, entraban bichos desagradables tales como arañas, cascarudos,
moscardones y otros monstruos asquerosos e indeseables. No se animaba a
salir de la habitación y comienzo a sentir claustrofobia. Las historias
están entre estas paredes y se me pegan, pero no para inspirarme sino para
contagiarme la chifladura de la vieja loca que se murió aquí. Y no tuvo
dudas, su salud -física y mental- era prioridad.
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Pronto
estuvo nuevamente instalada en el pequeño Estudio del Departamento de
Belgrano. Con mucha más bronca que fuego creador continuó con su cuarta
novela que, a pesar de todo, había logrado comenzar en la casa vieja de
Mataderos. Y resultó una novela diferente. Personajes enigmáticos y misteriosos
perdidos en una casona muy antigua, con pasadizos secretos y jardines poblados
de sonidos que presagiaban la locura y la muerte, con viejas que se encerraban
por años y morían enfermas de soledad y abandono. A finales de noviembre estaba
terminada. El editor dudó en publicarla, tanto la temática como el estilo
habían cambiado. “Supongo que estás apuntando a otro público” le dijo.
Amanda ignoró el comentario. La novela -dudas mediante- se publicó. Fue la más
vendida de ese verano.
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“Tengo
tu nuevo Estudio, ¿te cuento?”, preguntó
Martín a una concentradísima Amanda que iniciaba con entusiasmo su quinta
novela. Ella lo miró sorprendida, molesta por la interrupción y sin disimular
el malhumor que esto le provocaba respondió: “No tengo por ahora ninguna
fantasía inmobiliaria. Será mejor que me dejes trabajar”. Martín insistió
tan entusiasmado que logró despertar la curiosidad de una Amanda ya escéptica
acerca de ese tema. “Tenemos que hablar ahora porque podría perderse, y no
tengo dudas de que es el lugar ideal”. Ella dio vuelta la silla y ocultando
su incipiente interés lo encaró y le pidió que hablase rápido pues tiempo y
paciencia no le sobraban. El Departamento vecino estaba en venta. Contra frente
con ventanas a una plaza. “No hay ruidos de la calle, tiene mucha luz, es
enorme y el precio muy razonable”, enumeraba Martín, destacando cada
beneficio como si él mismo fuese el vendedor. Amanda escuchaba en tanto se
preguntaba a qué se debía la excitación de su marido la mudanza será una
pavada eso lo entusiasma “Imaginate que la mudanza será muy fácil, ¿qué te parece?”.
“Voy a pensar y lo charlamos luego”. Por el tono y actitud
Martín dedujo que la “entrevista” había terminado, y se retiró.
No
se tomó Amanda mucho tiempo, media hora después estaba con su marido viendo
el departamento. Allí comenzaron a surgirle
muchas ideas esto puede ser un loft, como se ve en las películas, el espacio
es perfecto, y tanto le gustaron que
súbitamente abrazó y besó a Martín agradeciéndole la sugerencia. Cabe destacar
que esta demostración de cariño sorprendió a Martín pero más aún a Amanda,
quien - a pesar suyo - se sintió muy bien.
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Pasaron
muy pocas semanas y el Departamento vecino se transformó en lo que Amanda había
imaginado. Martín ayudó con ideas, que para ella fueron maravillosas.
“Nada hubiese de esto hubiese sido posible de no ser por vos”, sentenciaba
Amanda a un Martín que - con cierto desgano - observaba un cambio en el natural
comportamiento de su mujer.
Se
instaló. Feliz retomó su quinta novela. Durante el primer día escribió sin
respiro desde muy temprano a la mañana hasta la noche que volvió a su casa. Y
se abrazó a Martín para dormir.
Al
día siguiente no dejó la computadora hasta ya avanzada la tarde. Luego retornó
al Departamento y allí preparó -delivery mediante- una cena espectacular para
su marido, champán incluido. Pero Martín no llegó. Es decir, llegó, pero muy tarde. La cena ya
estaba fría y el champán caliente. Amanda se enojó, y se fue a dormir a su
Estudio.
A
la mañana se sentó a escribir no sin antes prometerse que no se ocuparía más de
Martín. No merece una mujer como yo. No más cenas delicadas, no más
atenciones. De todos modos, es oportuno aclarar, lo que decidía Amanda era simplemente volver
a su conducta habitual, ocasionalmente modificada, vaya a saber por qué.
Resolvió
no volver al Departamento por unos días y escribir sin interrupción para
adelantar la novela que, según le hizo saber su editor, estaba bastante
atrasada.
Escribió.
Leyó. Corrigió. Borró. No podía volver a conectarse con la idea original. No
podía concentrarse. No podía pensar. Para hacerlo más sencillo: No podía
escribir. ¿Qué me pasa? ¿Por qué me siento incómoda en este lugar que es el mejor?
Estoy segura de que más de un escritor me envidiaría. Sin embargo yo me siento
como si estuviera ubicada en el centro de insólitas interferencias; sumergida
en el caos de una revuelta callejera; acosada por molestos insectos; rodeada de
objetos grasientos y ruidosos. Y así seguía la imaginación de Amanda
generando un entorno apocalíptico que le permitía justificar con creces el
hecho de estar paralizada.
“Hay
ruidos”
dijo de repente cuando, recostada en un sofá dispuesta a relajarse con un
whisky y un cigarrillo, los escuchó. “¡Claro!
¡Es eso! Hay ruidos extraños en el departamento
de arriba. Seguro están en obra.” Llamó por teléfono a Martín para
preguntar si él sabía algo, y pedirle que averiguase cuánto tardarían “porque
yo no puedo trabajar con tanto ruido sobre mi cabeza”. “No son sobre tu cabeza
Amanda, tenés averiado el sentido de la orientación querida, porque esos
ruidos son en mi Departamento”. Ella cortó. Tenía que digerir lo que
acababa de escuchar. No quiso contestar de manera impulsiva, antes debía analizar la situación con algo de
tranquilidad, en la medida de sus posibilidades que, por cierto, eran muy
pocas.
Cuando
al día siguiente consideró que ya estaba más serena fue a averiguar in situ el
motivo de los ruidos. La puerta estaba cerrada por dentro por lo que no pudo
abrir con sus llaves. Llamó y apareció un empolvado y robusto albañil. “Estamos
pintando, el señor nos dijo que era una sorpresa para usted, que no la dejara
entrar... disculpe señora, son órdenes ... “Está bien, ¿cuándo terminan ?
Es lo único que me interesa.” “En tres días” contestó el hombre. Amanda volvió a su
Estudio más tranquila.
Tres
días no es mucho. Y Martín quería darle una sorpresa. Bueno,
no deja de ser tierno. Seguramente hará pintar todo de blanco otra vez, bien
aburrido, cómo él.
Durante
esos tres días Amanda no trabajó. “Causa justificada”, se decía a
sí misma, aunque no muy convencida
porque los ruidos terminaban a las siete de la tarde, “hora ideal
para sentarse a escribir cuando hay voluntad” , reflexionó. Y por primera
vez asumió que en realidad si no escribo es porque no tengo ganas.
Surgió entonces un conflicto existencial
hasta entonces desconocido para ella. Amanda comenzó a cuestionarse el
hecho de ser escritora, preguntándose a sí misma si eso era lo que realmente le
interesaba. El conflicto en realidad estaba mal encarado, era el momento de
asumir errores y de aceptar una gran dosis de estupidez de su parte en todos y
en cada uno de sus actos, exceptuando claro, sus novelas, las que sin duda, evidenciaban que sí, valía la
pena ser escritora.
Por
qué las cuatro casas en menos de cuatro años. Viviendas que generaban gastos
inconmensurables. Las tres primeras abandonadas y la cuarta que no tardaría
mucho en ingresar a la misma categoría. Un capital enorme paralizado que le
generaba un tremendo disloque financiero.¿Por qué ? Había buscado desesperadamente
un “refugio” ideal para escribir, sin embargo, no lo pudo encontrar. Ninguna de sus cuatro
casas le había posibilitado el entorno para escribir en paz y armonía. Pero
algo estaba muy claro, había escrito cuatro novelas extraordinarias en su
pequeño Estudio en el Departamento de Martín, ese cuarto lleno de cosas,
constituye mi más querido universo, porque además de los objetos están los
sonidos, los sonidos de una casa habitada, habitada por Martín, porque cuando
no estoy allí extraño. Extraño a Martín. Él es quien mi inspira, él es quien
genera en mí las ganas, las ideas, la fuerza de voluntad para sentarme y no
parar hasta terminar mi trabajo. Todo lo que hice bien hasta ahora lo hice en
ese cuarto. Todo lo demás, las casas perfectas, los escenarios fantásticos, los
entornos ideales, son pura mierda...Yo no necesito nada más que la presencia
sugerida de Martín. Él siempre cerca, dondequiera que yo esté.
Amanda
suspiró casi aliviada. Tenía una respuesta a todas sus dudas y una solución a
su conflicto. “Es tan simple. Estoy enamorada de Martín. Sin él no existo”. Reconocía
haber “aterrizado”, por fin, y en tierra firme sintió por primera vez que
estaba en paz, en paz consigo misma y con el mundo, en paz con Martín, feliz
por reconocerlo.
Sintió
la urgente necesidad de compartir las nuevas sensaciones con su marido, y sin
recordar que no podía entrar al Departamento rápidamente fue hasta allí. Ansiosa abrió la puerta. Los
pintores ya no estaban. Las luces apagadas indicaban que Martín todavía no
había llegado. Las encendió y entonces
pudo ver, el espacio y las formas aparecieron, sin anunciarse, y si Amanda no
se desmayó fue sólo porque no formaba parte de sus hábitos, tuvo sin embargo que apoyarse en la pared y
aferrarse con fuerza a la puerta para no caer abatida por el desencanto y la
frustración.
Pasaron
algunos minutos y llegó Martín. La encontró en esa misma posición. Petrificada.
Semejante a una escultura de cera en un museo del terror. Pálida, los ojos muy
abiertos y como único rasgo de que se trataba de un ser viviente sus lágrimas
que resbalaban por su rostro hasta empapar la blusa verde de seda. Detalle este
último que observó Martín con fastidio
ya que era un regalo que él le hiciera y por el cual había pagado
bastante.
Amanda
había visto al encender las luces un Departamento exactamente igual al suyo que
transformara en “loft”. No existían más divisiones, los tres ambientes se
habían convertido en sólo uno inmenso. Habiendo sido literalmente “borrado” del
espacio el cuarto donde tanto ansiaba volver a escribir.
Se
aferró a Martín con desesperación, esperando que él cambiara con el control
remoto la escena desagradable que tenía ante sí. Martín, sorprendido y molesto
por el tinte melodramático de la situación se desprendió de Amanda, se dirigió
hasta un extremo del lugar donde se había instalado un pequeño y moderno “bar”
y se sirvió un trago. Entonces ella se animó a preguntar: “¿Qué hiciste
Martín, de qué se trata todo esto, cómo vamos a vivir los dos aquí? ¿Mi
Estudio, mi querido Estudio, a dónde fue a parar? Yo no puedo escribir al lado.
Extraño el ambiente abarrotado, el ruido de las tazas cuando preparás el
desayuno, el olor a café y a pan quemado. Extraño el ruido del agua cuando te
duchás. Extraño mi espacio, pequeño, íntimo y más querido e inspirador que
todas las casas que compré”. Martín encendiendo un cigarrillo se sentó,
(Amanda desconcertada, le costaba reconocer a su marido en esa actitud), la
miró y con gesto displicente tomó la
decisión - por primera vez en cinco años de matrimonio - de hablar para no ser
interrumpido (lo último es una acotación “a futuro” porque dado lo que estaba a
punto de comunicar él sabía que Amanda no se permitiría interrumpirlo) :
“Este departamento fue vendido. Es el Estudio de un arquitecto, el mismo que lo
modificó. Yo me mudo mañana. Hasta aquí llegó nuestro matrimonio. Considerando
tu comportamiento de estos años llegué a la conclusión de que soy un estorbo
para vos, y es por ello que te libero de mi presencia. No tengo cargos para
hacerte, vos tampoco a mí, por lo tanto, como dos seres adultos que han dejado
de tolerarse, por ende, de quererse, iremos a un abogado para resolver la
separación lo antes posible. Conociéndote doy por sentado que no habrán de
generarse situaciones incómodas de corte sentimentaloide. En cuanto a lo que mencionaste acerca de tu
“Estudio” aquí...bueno, es obvio que eso ya no existe, y que por lo tanto deberás
buscar alguna otra opción. Según mis
cálculos te quedan todavía cuatro propiedades
para encontrar en ellas tu espacio más conveniente, de no
ser así podés vender todo y seguir buscando”. Punto y aparte.
Es
imposible describir el estado físico y emocional de Amanda cuando Martín
terminó de hablar. Y claro, la tendencia femenina, más o menos generalizada en
estos casos es ponerse a llorar, suplicar y
pedir perdón y tratar de que se reconsidere la situación. Pero Amanda no
hizo nada de eso, ni siquiera abrió la boca. Ella sabía que siendo Martín como
era un tipo tan metódico y ordenado, la decisión había sido lo
suficientemente estudiada por él como para no admitir modificaciones. En el
discurso eso había quedado bien claro, y Amanda -aún herida- conservaba su
orgullo, por lo tanto no era cuestión de rebajarse a un nivel que la hiciera
sentir -además- una piltrafa humana,
porque, después de todo este boludo no se lo merece.
..............................
Amanda
volvió a dar clases de Geografía. Es una manera de no aburrirme. Ya no
escribe. Compró otro Departamento -muy chico- y lo llenó con sus cosas, muy
parecido a mi Estudio de Belgrano, pero la inspiración dejó de frecuentarme...
definitivamente.
“Mañana
voy a ir al Bar donde conocí a Martín”. Eso dijo ayer. “Mi intuición no falla jamás”,
dice hoy mientras se toma un whisky en la barra convencida de que Martín va a
entrar, va a acercarse con su mirada
seductora, sus labios apenas esbozando una sonrisa, con una actitud de evidente
autosuficiencia, otra vez, como aquella noche -cinco años y cinco casas
atrás- decidido a conquistarla.
Mayo 1999 fin
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