miércoles, 7 de septiembre de 2016

           

ARIEL

               Ariel llegó a la casa de sus padres ilusionado con darles la gran sorpresa. Hacía tres años que no los veía. Ahora volvía a Buenos Aires habiendo aprendido en EE.UU todo lo que necesitaba, era el momento de comenzar a trabajar en su país. Ellos lo esperaban para Navidad, realmente se iban a sorprender,  más aún cuando les contara que se quedaba, para siempre.
              La sorpresa se frustró porque no estaban en casa, insistió con el timbre y finalmente entró, todavía conservaba las llaves. Estaba muy cansado, se tiró en la cama de los viejos y pensó que era probable que se asustaran cuando lo vieran allí sin imaginarse siquiera que pudiera ser él. Supuso que siendo ya las 11 de la noche no tardarían en llegar. Trató de mantenerse despierto para evitar malentendidos pero el sueño lo venció y se quedó profundamente dormido.
        ...
                             
              Cuando el Jefe supremo lo llamaba,  al Periodista lo invadían temores, incertidumbres y una ansiedad de tal magnitud que en el trayecto de los tres pisos que lo separaban del despacho terminaba un cigarrillo entero  y alcanzaba a encender otro. "Qué querrá esta vez. Otra denuncia, otro circo, no sé si estoy en condiciones. Mi imaginación está agotada"
              El hombre lo recibió muy sonriente y lo invitó a sentarse en el amplio sillón rojo de cuero en el que sólo se sentaban los grandes personajes que lo visitaban.
“Tengo una idea. Una gran idea. El victimario deberá transformarse en víctima, hay que recuperar el cariño y respeto de la gente  y, sobre todo, recuperar la credibilidad perdida con sus últimos informes que, lamentablemente, no tuvieron el efecto deseado".
              A pesar de estar considerado como el "Periodista estrella" del medio y de haberse ganado la confianza absoluta de su Jefe, cuando se enfrentaba con su mirada tenía la sensación de que   todo se desmoronaba y de que allí terminaba su carrera. Tan penetrante, tan amenazante,  tan diabólica.  Registró el pase de factura  no  disimulado y pensó "Hijo de puta como si solamente yo fuera el responsable". Pero no dijo nada. Nadie contradecía esa mirada. El Periodista había aceptado ser el Fausto en la comedia,  una decisión que ya no podía revertir y que lo comprometía a decir “amén” a cualquier pedido del Jefe, aún al más descabellado.
              Y le explicó la idea. Una locura. Un exceso. Pero el Jefe estaba tan convencido de su genialidad que  ya ningún argumento lo haría retroceder. El mecanismo se había puesto en marcha. Nada podía detenerlo.
...
"¡Están locos! Vos y tu Jefe están locos".
              El Periodista trataba de convencer a su mujer, pero la tarea era muy difícil ya que él mismo no lo estaba. Sin embargo insistió e insistió y logró que ella finalmente entendiera  que las órdenes había que cumplirlas, era el trato, era el precio a pagar por todo lo conseguido. Y sus argumentos fueron tan firmes que también  consiguió convencerse a sí mismo.
"Nos mudamos con toda la ropa, los papeles y nuestras cosas personales. Lo demás se queda acá, bueno, debe quedarse  acá. Todo va a ser nuevo, comenzamos de cero, nueva casa, nuevos muebles, nueva vida."
                Estuvieron de acuerdo en  no avisarle a su hijo de la mudanza.
"De Ezeiza lo llevamos a la casa nueva. ¡Se va a caer de culo cuando la vea! A lo mejor le gusta tanto que no se vuelve. ¿Te imaginás que bueno sería tenerlo otra vez con nosotros? Es lo único que nos falta para que todo sea perfecto".
...
              Se hicieron los contactos, se acordaron fecha y hora. La credibilidad y el respeto hacia el Periodista y su medio iban a ser definitivamente recuperados. Las víctimas siempre ganan un lugar en el sentimiento de la gente. Eso pensaban. Tenían la absoluta certeza de que así sería,  porque la idea es genial, no había dudas,  ni vacilaciones y mucho menos   reparos.
...

"¿Seguro no hay nadie en la casa?".
"¡Pero no! Te digo que está vacía, se mudaron ayer. El jefe me lo aseguró, además lo comprobé. Esta tarde estuve llamando y nadie contestó"
"¿No hay vecinos?"
"Están lejos, hay jardín y un garaje que los separa de la casa. Eso sí,  van a llevarse flor de susto con el ruido."
              Eran las dos de la madrugada cuando estacionaron el coche, sin apagar el motor para escapar más rápido. Colocaron el artefacto en la ventana que, adrede, había quedado con la cortina apenas  levantada. Usarían un control remoto por lo tanto no había posibilidad de que los vieran. El plan era perfecto.
...
             Ariel no escuchó que levantaban la cortina de la  ventana del dormitorio, no escuchó las voces apagadas de quienes instalaban algo en la ventana, no escuchó el ruido del motor del auto que se alejaba. Estaba dormido, profundamente.  No escuchó, no supo, no se despertó.  Y ya no se despertaría, nunca más.
fin

 Año 2014

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