miércoles, 7 de septiembre de 2016

LOS FANTASMAS DE LA MEMORIA”     período “Infancia” - estos primeros relatos están escritos en un (pretendido) estilo “naif”

“PERDIDAS IRREPARABLES”   

                    En la esquina de mi casa vivía Adelma. Mamá no quería que me juntara con ella, porque tenía piojos. Eso decía mi Mamá. Yo le miraba la cabeza y no los podía ver (imaginaba que eran como hormiguitas blancas con alas) me arrimaba bien hasta pegar con la nariz en el pelo, pero no los veía.  Entonces pensaba que los piojos de Adelma eran un invento de mamá.
                    A la hora de la siesta yo me escapaba para ir a jugar con mi amiga. Primero debía fijarme bien si mi mamá se había dormido: Me asomaba con cuidado al dormitorio y escuchando cómo respiraba me daba cuenta.  Después cruzaba la galería caminando despacio y en puntas de pie, abría un poco la puerta (justo como para pasar yo porque si abría un poco más hacía ruido) y salía a la calle feliz.
                    Corriendo llegaba a lo de Adelma. Era rara su casa. Tenía dos pisos y era de madera pintada de verde. Desde adentro se veía toda la calle como si uno estuviera afuera. A mí me gustaba subir la escalera y quedarme en la parte de arriba que era como un patio con baranda que daba al patio de abajo.
                    El padre de Adelma siempre tomaba mate y la madre tenía forma de huevo.
                    Yo quería mucho a Adelma. Lo más lindo era sentarnos en la escalera y contarnos cosas mirando la calle que siempre estaba vacía porque hacía calor y era la hora de la siesta. También era muy lindo jugar con las muñecas -todas rotas- y con las cacerolas viejas que nos daba la mamá que nos miraba sin dejar de cebar mate.
                    Después de un rato largo yo tenía que volver a casa y entrar como había salido: Sin hacer ruido, para que mi mamá ni se enterara de que me había escapado.  Claro que, algunas veces se enteraba porque ya estaba despierta y podía escucharme, entonces se levantaba, me retaba y  revisaba mi cabeza.
                    Tanto, tanto insistió con eso que un día: ¡ME ENCONTRÓ PIOJOS!  Para mi mamá fue una tragedia...para mí también.  Empezó a lavarme la cabeza todos los días y a peinarme con un peine finito que me hacía doler. Como lloraba mucho (todos los días) me llevó a la peluquería para que me cortaran el pelo. Eso me dolió mucho más, pero no lloré.
                    No pude escaparme más a la casa de Adelma. Tampoco me dejaban invitarla a la mía. Perdí muchas cosas, todas juntas: Me quedé sin amiga, sin pelo y sin piojos que, estoy segura, eran un invento de mamá.
             (hecho ocurrido en el año 1946)                                                 
                                                             Fin



“¡A MI PAPÁ NO!”             

           Yo tenía ocho años. Mamá me pidió una mañana que fuera a la casa de la Sra. de Giácomo a pagar el alquiler. Me dio cincuenta pesos, era para un mes.
                    La Señora me hizo esperar en el vestíbulo, mientras ella hacía el recibo en su escritorio. Esa señora era fea, odiosa y muy rica porque tenía tres autos y un piano y la casa con escritorio y todo. Desde allí esa mañana me preguntó:
-¿Trajiste solamente cincuenta pesos?
-Sí- le contesté
-¡Pero están atrasados! ¡Tendrían que haberte dado para dos meses!- dijo gritando
Yo no sabía pero entendí, y le dije:
-No sé... a lo mejor mi mamá se olvidó...-
-¡Ah sí claro! ¡No se olvidaron, por eso te mandan a vos!-
Yo también entendí pero entonces no supe qué decir.
                   
                    La señora arrancó el recibo del talonario con mucha rabia y vino taconeando hasta donde yo estaba parada, me asusté; le tenía un poco de miedo porque en mi Escuela -ella era maestra de 3er. Grado- le pegaba a los chicos, creí que me iba a pegar a mí. Me dio el recibo y dijo muy enojada:

-¡Decile a tu papá que se tiene que poner al día! ¡Pagan poco y encima se atrasan! Y decile que la próxima vez venga a pagar él!-

                    La bruja  abrió la puerta de vidrios biselados que daba al zaguán y yo salí. Me vinieron muchas ganas de llorar porque pensé en mi papá y en lo mal que se iba a sentir al mes siguiente cuando fuera a pagar y la vieja de Giácomo lo retara como a mí. Y empecé a llorar. Como mi casa estaba a la vuelta, cuando llegué todavía no había terminado. Me senté en el umbral y me puse a pensar; decidí no decir nada ni a mi mamá ni a mi papá  porque se iban a poner tristes ya que casi seguro no podían juntar esa plata para el mes siguiente.

                    Entré a mi casa y como se notaba que había llorado mamá me preguntó qué me pasaba, yo le dije:

-Me caí, me dolió un poco pero ya se me pasó-
                   
                    Mamá me abrazó y no dijo nada. A mi me parece que adivinó lo que había pasado porque nunca más me mandó a pagar el alquiler.
 (hecho ocurrido en 1949)
                                                           Fin
                             


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